ENTRE PÉNDULOS Y CONVULSIONES EN EL "DIARIO DE LOS SUBURBIOS", DE ELMER ARANA MESÍAS

Por: Gloria Dávila
ENTRE PÉNDULOS Y CONVULSIONES EN EL
"DIARIO DE LOS SUBURBIOS", DE ELMER ARANA MESÍAS
Por: Gloria Dávila Espinoza
Ha llegado a mis manos un trabajo muy serio, se trata del libro "Diario de los Suburbios" del poeta ayacuchano Elmer Arturo Arana Mesías, un poemario pocas veces visto, menos aún, leído. Uno que es capaz de arrancarte el alma, pues las lágrimas ya la tienes a mares batiendo en alas del dolor, con sólo adentrarse a los mundos que en ella se describen, te hallarás amalgamado a sus versos, los que con una sutileza fina nos entrega; con el máximo desgarramiento de todas esas voces, corriendo tras un péndulo que se esparce, convulsionando tiempos y enfurecido por la impotencia de resolver sus mínimos problemas, los que la sociedad ha sabido entregárselos. Sé que no es difícil si se piensa en horizontal, te preguntarás ¿Cómo es posible vivir sonriendo cuando en este mismo espacio en el que diariamente te acuestas feliz, hay quienes no conocen ni el tiempo de dormir?
Elmer Arana, hoy nos entrega en su poemario "Diario de los suburbios" en palabras desnudas toda las agonías, todas; enlazándonos con los instantes mismos en el que el dolor al otro extremo se debate entre la vida y la muerte, la supervivencia y el exilio. Esa su poesía nos transporta a un mundo difícil, insondable. El sufrimiento es innombrable y cada uno de esos seres nos arrancarán la indiferencia y acabaremos abandonado al corazón indolente y sordo; y no lo digo porque muchos no lo quieren oír, peor aún ver -por comodidad diría yo- sino que esa faceta de la vida no se ven si no se tiene ojos verdaderos. Éste es el Perú, ése que muchos no conocen, el Perú de los menos favorecidos, los desarrapados. Dirás entonces, me urge leer esos versos, dejar sin aliento mi existir, pero eso no es suficiente. Mejor no acercarnos a sus versos si aún no tenemos el compromiso de cambiar.
Mejor no leer a Elmer Arana Mesías, y seguir siendo felices, y ojalá quedemos con la conciencia en usanza; eso sería realmente gratificante; por lo menos para replantearnos uno tras otro la tarea que nos concierne llevar a cabo; es decir el olvido de quienes sufren y seguir existiendo felices, ¿para qué nos hacemos tanto problema...?
Y a pesar de todo, he seleccionado poemas para su lectura, con las disculpas del caso.
(Selección de poemas por Gloria Dávila)
(funerales)
No merezco nada.
Ya he muerto.
sin funerales,
sin viuda,
sin responso.
No temo nada
porque nada tengo.
El dolor ha muerto.
Te susurro desde aquí,
en el fuego donde me incendio.
(El hombre
de las alturas)
Vivo aquí, en las alturas,
cubierto de silencio y arenal.
Mis días son un vaivén
de vidas y caminos,
de papas fritas y orfandad.
Mi casa es un retazo
triplay, polilla, basural,
vacía,
como una olla sin arroz al mediodía.
Abajo habitan los otros,
con sus luces de neón,
sus cementos pulidos
y trajes que no conocen de esta arena,
ni de esta niebla que me asfixia.
El sol es un perro cancerbero
que me ahuyenta de los llanos.
Sus llamas chispean y alumbran mis costras
y mi olor a trago barato.
Mas en las noches soy el rey.
Mi imperio descansa entre la niebla.
Y entonces desciendo al llano.
Soy un guerrero miítico:
mis cuchillos cortan el viento y la espesura.
Las damas gritan y huyen azoradas
buscando la luz.
Arrebato sueños,
destrozo amantes,
arruino paseos,
destruyo risas y lunas.
Nada puede detenerme
cuando la noche me vomita a las avenidas
como animal prehistórico.
Nada puede mutilarme
cuando invando el pavimento,
cuando me lanzó por unos soles
que tintinean buscándome.
El cuchillo danza ondulante,
mientras Chacalón me dice
que vuelva a ser como ayer
y yo prefiero el instante.
Entonces el sol, enemigo de mis sueños,
vuelve a anularme,
a desvestirme en el asfalto
y no tengo más remedio que regresar,
volver a mis cerros,
a esconderme en la neblina
con el maíz sobre mis hombros,
vastos para alimentar un día en las alturas.
De repente no me entiendas.
Tendrías que subir a mis cerros.
Entonces hablaremos
bajo el gobierno de un calentadito
y una chica que resuena
como navaja sobre el asfalto.
(el escolar)
Yo soy el párvulo colegial;
el niño que escupe furia cuando tiene hambre
y mea sobre los parques trasnochados.
A mí la vida me debe mucho.
Me debe, por ejemplo, una sonrisa sin sarro.
me debe un desayuno a la altura de mi orfandad.
Yo soy el escolar desarrapado,
a quien no deben imitar los niños buenos;
al expatriado de las sillas sin escuela,
el que juega en clases
y transpira melancolías en el recreo.
Tengo un retazo orlado de uniforme,
un puente padre y un puente ausente;
tengo una carpeta en el espejo;
un cuadrerno de 100 vacíos A4;
unas manos dibujando el espanto
y unos ojos que de mucho llorar, leen.
Si me vieran por las noches tirando de su cartera,
deberán entenderrme;
a mí la vida me debe un poco de cartera.
Si me vieran agraviando su cerradura,
deberán entenderme;
la vida me negó una casa con cerradura.
Si me sorprendieran sobre una muchacha infame,
deberán entenderme:
la vida me negó el pecho de mi madre.
Si en cambio vieran sosegada mi pata de cabra,
tendrán que huir azorados
porque ya no seré el mismo ristrón que con mustios
pastos se conforme.
Mi orfandad ya no se saciará con carteras ni cerraduras.
Mis prolongaciones de tirano
alcanzarán el sol,
las calles,
los bancos y
los desamparados.
¡Claro!
Esto puede cambiar...
Aún puedo ser el ristrón de las colinas.
Aúnm puedes acercar a mi boca
un poco de cartera remojada en caricias,
y una no escasa ración de escuela descremada.
(umbrales de la insania)
Mi infancia
fue una carretilla rodando por los mercados
ente olor a tráfago y cebollas.
La primera plabra que oí fue rebaja,
y mi primera caricia
fue un alarido
arrancándole la frescura a la mañana.
Nací de la niebla,
asfixiada en el alcohol,
que copulaba con el silencio de los arrabales.
Si quieres saber de mí
entre periódicos chica
deberás buscame.
Tal vez una fotoleyenda te señale mi rostro.
También saben de mí los borrachos.
los muros de la iglesia te han de confesar
qué son de la vehemencia de mis orines.
Ya ves...
Yo nací cuando la noche estaba fumada.
Mi identidad
la tomé prestada de un cobrador de combi.
Los ojos negros
se los debo a la muerte.
la risa cariada
la rapé a la madrugada.
Si quieres saber de mí
pregúntale a los domingos.
también saben de mí
las vírgenes y lus lupanares.
Las noticias te dirán
que yo violé una miseria
hasta hacerla parir hospicios.
Si quieres saber de mí,
deberás mirarte al espejo
luego de que la locura
te desvista sobre el pavimento.
He conversado con él y entiendo sus razonamientos para retratar ese espacio en el que viven los del otro lado, esos que jamás saben de alegrías, porque no hay tiempo sino para el trabajo y el descanso es el amor al mismo trabajo, porque hay que comer y pervivir.

Elmer Arturo Arana Mesías dijo
Gracias Gloria por darle importancia a mi pequeño libro. Este poemario más que afanes literarios tuvo un interés humano. La desesperanza y el desconsuelo corre por la gente que vive al margen dela sociedad. Todos nacemos buenos, dice una teoría, y la sociedad nos corrompe. A través de Diario de los Suburbios pretendo recorres los móviles y las desventuras de los hombre de los extramuros.
8 Junio 2011 | 06:19 PM