PEPE SÁNCHEZ, POETA CUBANO, INVITADO ESPECIAL
Foto: Pepe Sánchez
DATOS DEL AUTOR
Pepe Sánchez (Cumanayagua, Cuba, 1956). Poeta, narrador y ensayista. Graduado de Ingeniero en Transporte Automotor. Profesor Auxiliar Adjunto de la Facultad de Humanidades de la Universidad "Carlos Rafael Rodríguez" de Cienfuegos. Máster en educación. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Miembro de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH). Fundador y Director de la revista cultural Calle B (www.calleb.cult.cu). Ha sido designado Embajador Universal de la Paz por el Círculo Universal de Embajadores de la Paz, Ginebra, Suiza. Forma parte de la directiva, o es miembro, de varias organizaciones de intelectuales o escritores del mundo. Ha publicado Los dados del viento (poesía), Ediciones Mecenas, 1991; Sueños del tiempo (poesía), Reina del Mar Editores, 1996; El comedor de relojes (narrativa), Ediciones Mecenas, 2000; Paradoja del hombre en su ciudad (poesía), Editorial La Tinta del Alcatraz, México, 2004; Alfanjes de luz (poesía), Ediciones Mecenas, Cienfuegos, 2004; Caballos sobre el césped (poesía), Literalia Editores y Editorial Paraíso Perdido, Guadalajara, México, 2004. Ha obtenido diferentes premios y menciones en concursos de narrativa y poesía. Su obra ha sido traducida al holandés, italiano, francés e inglés. Ha participado en Cuba, México, Perú, Ecuador y Chile en congresos, festivales, talleres y encuentros nacionales e internacionales de escritores, donde ha realizado, entre otras actividades literarias y culturales, lecturas, talleres, conferencias y presentaciones de libros. Textos suyos aparecen publicados en antologías y revistas culturales de Cuba, Holanda, Argentina, México, Colombia, Italia, Uruguay, Perú, Chile, Rumania y España.
LOS AUGURIOS Y EL AZAR
Recuerdo
que yo era un mendigo de la luz
y tú traías en los ojos
toda la nostalgia
de octubre a las seis de la tarde.
El viejo canto del mar
con el coro sutil de sus olas
apenas seducía a la orilla.
Estabas con tus veinte años
sentados en el bar de la noche.
Una noche, que caía lenta,
despreocupada,
sobre la ciudad y sus malos duendes,
sobre mi voz y sus lentos exilios.
Solo dos tragos de silencio
separaban
la perdida oveja de mi biografía
de los labios imprudentes de tu mirada.
Tu aliento, que desde entonces
involucra a mi voz con las noches de octubre,
competía con la soledad colectiva
que se brindaba en las mesas.
Pareciera que esa noche, el mar y el otoño,
se confabularon para izar en tus ojos
la bandera pirata de la nostalgia.
Recuerdo
que las gaviotas de tus manos
eran dos augurios indocumentados,
que tenías tatuada en la piel
toda la audacia
de un vikingo en alta mar.
(El azaroso viento del poema,
olvidado del lobo de la noche,
pastaba, inocente y provocador,
en la pradera de tu pelo.)
No hubo nombres ni huelgas en el corazón.
Lo único que pudimos darnos
fue un sitio de sol en la distancia.
Recuerdo que mis ojos
lanzaban piedras indefensas
al duelo civil de tus ojos;
que cortaban las uvas del deseo
mientras tú te escapabas de esa tarde
para entrar conmigo al bar de otras noches,
hasta tomar voz y asiento
en la piel dolida de este poema.
© Pepe Sánchez
Octubre, 2002
LA HIJA DEL MARIACHI
Te escribo juntando las puntas del amor,
bajo la mirada de un dudoso amanecer;
con mi otra torpeza frente al espejo, desgarbado,
sabiéndome la ruina de todos los modistos.
No sé mantener aquel rumbo fijo
pues solo esta luz y su feroz filin conmigo acampan.
Así, políticamente incorrecto,
como buen hijo de la patria, este hippie de tu abril que soy
todavía se emociona ante la puesta de sol de tus olores.
Tú sabes, mejor que yo, que salvo tú y el canto de los míos,
ninguna posesión desata mi corazón que va libre atado al tuyo;
que tengo tantas, que no sé ni con cuál deuda o sinrazón
me siento cada día frente al espejo de vivirnos,
que aún te miro sin saber qué pedazo de mí te extraña más
porque toda me fluyes dentro y eres la unción de mi día,
aunque a veces, ande ausente y tiemble ante la palabra tiempo.
Sé que he sido y sigo siendo,
algunas sí y otras también,
el más injusto amante de la justicia,
el que llega tarde a la fiesta de los abrazos,
el infiel que nunca ha partido en dos su corazón,
el que prende los faroles en la calle vecina,
aquel cuyas manos no supieron venderse,
el del aliento a ron cuando debía regresar con flores,
el que se equivoca pero nunca pide por ello una medalla,
aquel que siempre va a respirar en el clamor de lo humano.
Es decir, Gallega mía,
toda esta esquizofrenia que te ama.
Abril/2008
DEL DELIRIO Y LA UTOPÍA
A mí, por el solo lirismo,
una sonrisa de mujer me desarma,
me quita la camisa de fuerza del corazón
como espigas dobladas por el fervor;
sobre todo, cuando más acá de sus labios
la noche hambrienta es una espada desnuda
y los malcriados párpados de sus ojos
cierran las señales de alarma y abren
una indiscreta invitación a la complicidad.
A mí, sin la bruma del romántico,
la mirada de una mujer me descubre
el rompecabezas del delirio y la utopía;
pone satélites espías a girar sobre mi cama
y avienta una alegría codiciosa,
de cantos y cuchillos lanzados
al borde del tiempo y los augurios,
como soledad de agencia, como miedos a crédito
y manos en un búcaro florecidas por el intento,
como la última forma de seducir a la vida.
A mí, con su luz de oficio,
unas manos de mujer me levantan,
me iluminan de raíces las vidrieras del alma;
puedo decir que lamen la aventura de mi cuerpo
y ponen un salterio a respirar con las dudas,
un quitabrumas donde la voz ya no abriga,
y entonces hay que comulgar con ese fuego coral
y su antigua danza sobre la piel,
sostenerse, a duras penas y glorias,
en los andamios febriles de su aliento.
A mí, contra todo pronóstico,
el olor a naufragio de una mujer
me levanta y me descubre a la vez,
lírico y romántico, casi por oficio,
como un condenado a la espuma
tenaz sobre su tabla de hundimiento;
y me arma, en la orilla opuesta del corazón,
con el vino de una pasión siempre nueva,
el rompecabezas del delirio y la utopía.
© Pepe Sánchez
