GUEPANRAN MASGA (EL QUE VIENE DETRÁS ES EL VERDADERO)
_ Esto sí que será inolvidable para todos...!-gritó Nervo
_ Queremos ver...-respondieron en coro. Y después de aquellas voces, el espacio se cubrió de una lúgubre sombra. No se oyó, ni el canto del viento. Al parecer el cóndor lo había encerrado en una roca.
Era entonces 4 de enero del 63. Los hijos mayores de don Pedro Dávila, habían planeado llevar a cabo una de las bromas más picarescas e inolvidables y en cuanto subieron al ómnibus, rumbo al poblado de Marías (Dos de Mayo) pensaron en que al llegar, llamarían a los jóvenes vecinos, y así fue...al llegar ni siquiera se asomaron a sus casas a saludar a los suyos, sino que corrieron portón tras portón para alertarlos de que si no salían esa noche algo les iba a ocurrir. Aquellos sabían que esa forma la había inventado Nervo para que fueran a reunirse. Era como un passport para ser parte del juego y…
- Puqllayashun Qanan... (Juguemos ahora)- propuso Nervo
- Qanan asumí Qypag (Ahora ven por acá), repuso Wellington
- Qayta rikarimuy.... (Mira esto) dijo al mismo tiempo Wilson.
En la mayoría de los pueblos andinos la oralidad es muy acostumbrada entre padres e hijos, abuelos y nietos. De ellos, los niños jamás se olvidan y continúan con su ejercicio hasta casi entrada la muerte y ni ella se escapa a ser parte de los cuentos y como ejemplo tenemos la historia del “pishtaco” (degollador) el mismo que hoy, se ha tergiversado y no es más la historia de antes.
Y precisamente, los Dávila, la habían desarrollado más que otros.
También solíamos jugar a la luz de la luna, más que en la del sol, debido a que nuestras tareas diurnas, eran tantas, como: pastar al ganado, ir en busca de cachcas (pequeños arbusto para leña), rajar leña, segar el pasto, entre otras actividades –no sé si hoy sea así- y cuando llegaba la noche participábamos de todo tipo de juegos como: y "pacapaca" ( las escondidas) entre los nombres que se temían era almata, (espíritu) supay,(diablo) achqay (bruja), pistacho (degollador) "chancalalata" (golpea la lata) . Era común ya oírlos pero si oíamos el canto de un búho, temíamos, a prima facie, le llamábamos “tucu”, porque tenemos la creencia de que cuando el tucu llora cerca de la casa, anuncia la muerte, y no hay duda de que esto sea así. Alguien de tu familia moriría. Y esto se cumple como en los diez mandamientos.
Gastarle bromas más pesadas a los niños, era el deleite de Nervo y aunque Pillinco; el hermano menor lo acompañaba en sus hazañas, no estaba del todo de acuerdo con las majaderías de aquel; sin embargo, aquella noche del 4 de enero, cargó entre sus hombros, la caja de sábanas blancas.
Los muchachos menores que corríamos a su encuentro al verlos llegar, nos asomábamos para constatar qué se traían entre manos. Nada se pudo ver, porque Nervo, era quien dirigía el juego y éste no había autorizado que se develara el secreto aún. A no ser que fuésemos hijos de gitanos. y no lo éramos.
Un chico de llanqui y chompa granate, mezcla de Paco Yunque, y Lazarillo de Tormes, Se asomo a aquellos, al parecer adivinaron lo que quería, pero por su carácter y determinaron debía hechársele del grupo. sino el plan se habría terminado allí. A no ser que Nervo ideara otra patraña.
Lo de Anastasio, es decir no lograr nada nos molestó pero no había hecho gala aún de todas sus destrezas, pero su picardía me abochornaba a mí, porque yo había conocido al dedillo la ciudad y el campo, por eso era más astuta que aquellos, y podía saber al instante. Lo que aquellos traían entre manos. De seguro en la paila se hervía mucha adrenalina. “que si eres pícaro, la gente te convierte en un cómico ambulante y de ser ingenuo, igual. “Para la gente mayor todo es malo”. Lo dijo mi hermano menor que solo gusta jugar a lo cowboy sin ni siquiera conocer Estados Unidos. Esos son los problemas que acarrea la televisión.
Anastasio, que tenía una tímida mirada y manos temblorosas, aquel año cursaría el último grado de primaria y cuando le dijimos que se decidiera. O ser una niña sí o sí, o ir a la caza de la verdad, es decir, descubrir lo que se escondía en aquella caja de cartón, se envalentó y corrió con mucha más seguridad, pronto le habíamos dicho que cómo era posible que un muchacho que habría de cumplir 16 años sería sólo un cómico y entonces sería bautizado para formar parte del grupo. De no ser así, que ni se asome…Al parecer aquella advertencia hecho raíces profundas. Ahora estaba allí a espaldas de Nervo, alzando los hombros para mirar y descubrir el misterio. Porque ansiaba saber que habría dentro de la caja que Pillinco sujetaba, pero como no logró ver nada, y al verse decepcionado se acercó a Nicéforo, quien pretendía a toda costa hacernos llorar de miedo.
Nervo, después de saludar a cada uno de los amigos de su pueblo, extrajo de la caja que trajo Pillinco, un par de llanquis (sandalias hechas jebe de la llanta del carro) y obsequió ese par y con ello aseguraba que dentro de la caja solo habría llanquis. Los que lo conocíamos no nos calamos como cierta, aquella su treta
Después de hacer aquella donación, tomó su guitarra y empezó a cantar a viva voz, un huayno; simulando ser Mario Mendoza. Estaba muy de moda y mi padre gustaba oírlo también.
Después de haber cantado casi a 4 canciones y casi cuando la noche se asomaba y la luna peinaba el mejor de los rostros diáfanos en el horizonte que ya nos había escupido sombras en el firmamento, dijo:
- Ustedes ni se imaginan, lo que hoy han de ver…
Aquellos muchachos, hijos de campesinos que estudiaban en las ciudades, (porque sus padres eran adinerados), no sabrían nunca de cómo era vivir en Marías durante todo el año, mucho menos en épocas de heladas, en donde el hielo llegaba a la raíz de las plantes y no había nada que comer. Porque las cosechas no habrían de llegar nunca. No siendo así, la vida de esta otra gran parte de ellos, viviendo todo el año en la ciudad. Con artefactos modernísimos que no precisaban ya la mano del Hombre. En esa tremenda disparidad, ¿Cómo saber que imaginaciones tienen?
Aquellos, habían llegado a la tierra del Inti, y de seguro que el Inca, los premiaría, a ellos, y a ese pueblo, llamado San Francisco de María, en donde hoy la luna brilla en su máximo esplendor (porque los de allí, sí son hijos del sol) por eso estos hijos del sol, quienes enlazaban sus labores escolares y gastaban sus vidas: pastando ganados, yendo a las chacas del patrón a sembrar, trigo, maíz, quinua, oca, papa, entre otros productos, testigos de que no se abolía el latifundismo. –Porque J. Velasco Alvarado no pensaba aún estar en el poder- conocerían y aprenderían de las tretas de aquel que naciendo en el campo había logrado ser un Az en la ciudad.
Nervo sabía que esos mismos jóvenes acompañados de sus padres, iban a las cosechas a trabajar de sol a sol, mientras que los otros amigos se encontraban seguramente felices de vivir en la holgura sabrían manejar bien la estrategia y por eso llamo a dos más a sumarse a la tarea de “gastarles las bromas”. Y con ella dejar sentado que el mejor de los mejores había llegado. -De todo había entre esta gente- de modo que continuó y dijo:
- Y bien, ¿quién más se anima a bautizarse?
Ese día 4 de enero del 63, al llegar a su pueblo Nervo Dávila, había iniciado el interminable coloquio y de seguro las noches se habían de construir nuevamente solo porque ellos precisaban más que 24 horas para contar las Mil y una noches y quizás la vida entera del que escribiera Aladino, y por eso eran necesarias que fueran prolongadas.
Y de seguro que antes de llegar, habría estado contando sus hazañas, a los viajantes, quienes se enfrascaban horas y horas en ese interminable despliege de locura. Aquellos quienes eran de Chuquis, Patay Rondos, Singa y Quivilla o, Uchpapampa se hacía campo, para oírlo no hacía falta haber sido pupilo de Anaxágoras o Pitágoras, y peor aún contar con una Sinagoga, sino simplemente conocer San Francisco de Marías porque allí vivía Jaca Shimi, y estos dos hermanos, que filtraban en la vida de esos amigos y conocidos, y extraños, para narrar historietas fantásticas y con ellas actualizar con lo último de
Por eso yo decía que un viaje de 24 horas, resultaban siendo el vuelo de una libélula sobre las charcas, allá en la selva de los monstruos de Lupunas (árbol maderable cuyos diámetros son inmensos). Y en donde la noche grita como un otorongo en celo.
Y eso era ya demasiado pero a la vez esta era toda una hazaña, porque a la llegada de los carros a Uchpapampa, los niños oían el claxon y surgía de ella otra conjeturas
Los juegos, en aquellas épocas tenían más bellas representaciones –no como ahora que todo es Internet- con carros hechos de madera y jalados por pitas de cabuya (los que los hacíamos a mano) representábamos el arribo de Nervo, el hijo mayor de Jacu shimi.
Allí se adelanto, un muchacho, Manuel Norberto y casi en el oído le dijo a Pillinco:
- ¡Ésta es la más grande hazaña que ejecutaremos...!
- Y bien, estamos ansiosos – dijo uno de ellos, pues si tienen sentado ya su plan, prosigan…
- Eso es tenernos en ascuas….-repuso el más grande de todos.
Ahora, todos, niños y niñas permanecíamos en silencio disfrutando del relato del cuenta cuentos, y creo que Manuel Norberto quien estaba encargado de ejecutar una parte del plan y por eso debía seguía con su narración, no sabiendo que a resumidas cuentas él también sería igual que los demás, uno de más afectados.
Esa noche, la luna llena iluminaba el hermoso paisaje de siluetas en medio del poblado, hecho de pequeñas casitas rústicas, algunas de las cuales, construidas con piedras y otras de paja y barro con techos de quincha; otros sólo horcones y barro con paja; y de los pocos, (de gente rica era), de barro fino y tejas, como en la usanza española, tradición que se mantiene aún en algunas ciudades de los Andes del Perú.
Manuel Norberto, continuaba en su afán, contar cuentos de terror: empezó narrando la “Ahinchi vieja”. “Sagra wayin” y cuando estaba por concluir ésta última. Se oyó el canoro canto de un “tucu”.
Si en el día se jugaba construyendo carritos con latas y arcilla, muñecas de barro y balones para fútbol, de la vejiga del ganado, llamado "pukash"; en la noche seguíamos jugando a ser dueños de las más bellas historias. Eso es Perú.
Desde Quinta (lugar donde termina la población) hasta la plaza de armas (distancia de
Por aquel camino, por el que transitaban la mayoría de los pobladores, las acémilas dejaban sendas piezas de artesanía echas por sus pezuñas al contacto con el lodo que porque la lluvia había echado raíces en la carretera de tierra. Y con ella nosotros, los niños, hacíamos secar bajo el sol para luego escoger las piezas más labradas y jugar con ellas.
En esa avenida, vivía la familia Dávila, situación que aprovechaba Nervo, uno de los hijos mayores de la familia, para hacerse el Rey de los Cuenta cuentos y llamarse también el Sansón, o Hércules, aunque el título se lo ganó por su fuerza.
Aquel canoro canto del búho, alertó a los que allí estaban sentados y creo que también al que contaba los cuentos. Uno de los que se hallaba más al fondo de la fila de niños, se persignó. Ese gesto, fue como si la noche tuviera un nuevo manto y todos tuviésemos que ponernos, ¿Qué quiere la noche?, ¿convertirnos en los caballeros de la capa redonda...?
En aquel pueblo de Marías, casi todas las niñas y jovencitas teníamos una amistad cercana (recuerdo a Mery y Rosa, Anita, Norma, Elita, y otros más) no siendo así, los jóvenes, porque ellos se encontraban casi siempre en pugna por saber quién es el más fuerte y titularse Hércules. Por la historia que en los cines de barrios estaba de moda. Otra arraigada costumbre era que los niños debíamos saludar a todos los mayores con quien compartimos la acera o calle en un mismo tránsito, esa era una ley, la cual ahora se ha olvidado y sólo se mantiene vigente en pequeños poblados y no así en las grandes ciudades.
Allí estábamos, reunidos todos: niños y niñas, jóvenes y jovencitas, escuchando sobre el "jupayla", "chanlalag", "Wari Jirqkan" entre otros tantas, cuando de pronto al fondo de la sala vimos dibujarse algo extraño en el ambiente, que se asomó por la entrada del zaguán (portón grande) y junto a esas figuras oímos un lamento triste, apagado y entrecortado, pensamos que se tratara del cántico en quechua que ya habíamos escuchado en el cuento...¡¡¡Ananalau custillaillau...!!!, (ay mi costilla) una y otra vez oímos, aquel lamento.
Yo, miré por todos los ángulos de la calle. Imaginaba que podría ser uno de ellos. ¿Me habría equivocado?
Así estábamos, abstraídos por ese canto, y oyendo al cuenta cuentos. Aunque no prestamos mucha atención a aquello, la situación se repitió y ahora en silencio total, aquel en el que es capaz de oírse hasta los latidos de un corazón, aguzamos nuestra audición.
De pronto, descubrimos que aquel lamento en quechua provenía de la sala mayor, como lo llamábamos a la habitación principal de la casa, junto a la cual quedaba la tienda de abarrotes.
Parecíamos estatuas de piedra, tragamos saliva, nuestros ojos desorbitados por el terror que se avecinaba, nos hizo quedar, ahora allí quietos y pegados a las sillas, otros más escépticos, se incorporaron para dirigirse hacia la sala mayor para salir de dudas. Y al llegar, hasta allí, sus ojos se abrieron más y más. Parecía que habían visto al mismo diablo.
Uno de ellos dijo que vio dos figuras erguidas muy cercanas a la ventana que colindaba con la calle, en donde solíamos jugar, y en aquella negra oscuridad pudieron distinguir que aquello no era ya cosa de bromas y sin dar explicaciones corrieron despavoridos, como viento que parte el rayo.
Aquel canto que en el vocablo quechua sólo era parte de historietas que acostumbrábamos oír, ahora la teníamos en la vida real.
Wilson y Wellington cayeron desmayados sobre el piso de tierra y Fausto Huerta corrió hacia la calle principal, aquella que se sumaba el techo de la señora Antuca Espinoza, cuyo techo de paja estaba al nivel de la carretera que daba a esa calle principal, quien estaba plácidamente disfrutando de su descanso nocturno.
Mi hermana y yo en búsqueda de salvación ante tal espectro humano que ahora venía en nuestra dirección, corrimos y caímos: una sobre la artesa llena de masa de la casa contigua a la nuestra y yo sobre el "puku" batea de madera que sirve para dar de comer al cerdo, que en esos momentos se hallaban en su ágape de costumbre, lo que estaba constituida de restos de alimentos en descomposición. Los cerdos acercaron sus hocicos hacia mí, para indagar a la intrusa de su ágape.
Los hermanos Nervo y Pedro, continuaban con su propósito, quienes vestidos y simulando ser almas del purgatorio, no imaginaron jamás que en esos instantes fueran secundados por más y más imágenes blancas detrás de ellos, pero que de aquellos no se oían ni los pasos, y ni podían distinguirse los calcetines blancos, como los anteriores
En medio de aquel laberinto y creyendo que su broma había causado tal espanto, proseguían con su canto de lamento, pero, al oír los gritos de Fausto, hijo de Tito Huerta quién exclamó diciendo ¡¡¡Tagaygá....Guepankanrajmi masga!!! , que traducidos al español dice: "aquél que viene detrás, es más real" dieron media vuelta para saber el por qué aquel gritaba dando aviso y llamando a todos que huyeran.
Y ahora sí, pudieron distinguir que tras ellos, había una especie de neblina blanca, sin formas descriptibles, a los que ellos imitaron cubriéndose con sábanas blancas, pero aquellas que venían detrás de ellos eran más blancas que las sábanas lavadas con lejía, que nuestra madre solía tender en el sol. Al oír la voz de pavor, de los chiquillos, aquellos jóvenes que simulaban ser fantasmas arrojaron las sabanas que tenían puestos desde la cabeza hasta los pies, y que nosotros decíamos "cocoroches" (gorro que suele usar el ángel de la muerte) y en ese instante, corrieron tras nosotros y cayeron desmayados aparatosamente.
© Gloria Dávila Espinoza
Huánuco 6 de agosto de 2006
Del libro de Cuentos Andinos intitulado "Chanlalag"
