¡TAGAYGÁ….GUEPANKANRAJMI MASGA…!(El que viene detrás es más real)
- Esto sí que será inolvidable para todos...!-gritó Nervo
- Queremos ver...-respondieron en coro.
Aquella noche de enero del año 1967 los hijos mayores de don Joaquín Gutiérrez, habían planeado llevar a cabo una de las bromas más picarescas e inolvidables y en cuanto subieron al ómnibus rumbo al poblado de Marías (Dos de Mayo) pensaron en que al llegar llamarían a los jóvenes vecinos y así fue...
-Puqllayashun Qanan... (Juguemos ahora)- dijo Nervo
- Kanan shamuy kaypag (Ahora ven por acá), repuso Wellington
-Kayta rikarimuy.... (Mira esto) dijo al mismo tiempo Wilson.
En la mayoría de los pueblos andinos la tradición oral es muy acostumbrada entre padres e hijos, abuelos y nietos, de los que los niños jamás se olvidan y continúan con su ejercicio hasta casi al llegar la muerte y eso era precisamente lo que los Dávila desarrollaban. También se solía jugar a la luz de la luna, más que en la del sol, debido a que sus tareas matutinas eran tantas: entre pastar al ganado, ir a buscar leña y cachcas (pequeños arbusto para leña), entre otras actividades como segar el pasto para los cuyes.
Y cuando llegaba la noche participaban de todo tipo de juegos como "chancalalata" (golpea la lata) y "pacapaca" ( las escondidas) entre los nombres que se temían era almata, (espíritu) supay,(diablo) achqay (bruja), pistacho (degollador) era común y temían incluso al canto del búho a quien le llamaban tucu, porque tenían la creencia de que cuando el tucu lloraba anunciaba la muerte segura de alguien y si lloraba cerca a tu casa, era seguro de que alguien de tu familia moriría. Y esto se cumplía...
Gastarle bromas más pesadas a los niños, era el deleite de Nervo y aunque Pillinco; el hermano menor lo acompañaba en sus hazañas, no estaba del todo de acuerdo con las majaderías de aquel; sin embargo cargó entre sus hombros, la caja de sábanas blancas. Y los muchachos menores que corrieron a su encuentro al verlos llegar, se asomaban para ver que se traían entre manos, nada pudieron ver porque Nervo, quien dirigía el juego no había autorizado que se develara el misterio.
Aquel chico de llanqui y chompa granate, llamado Anacleto, de tímida mirada y manos temblorosas, ese año cursaba el último grado en la primaria y próximo a ir a la secundaria se envalentó y corrió con mucha más seguridad, pronto iba a cumplir 16 años y sería parte del grupo. Alzó la mirada, también detrás de ellos porque ansiaba saber que habría dentro de la caja que Pedro sujetaba, pero no logró avistar nada, al verse decepcionado se acercó a Nervo, quien pretendía a toda costa hacerles llorar de miedo, éste después de saludar a cada uno de los amigos de su pueblo, les obsequió un par de llanquis (sandalias hechas jebe de la llanta del carro) y con ello estaba asegurado su respetabilidad; por un período mayor.
Tomó su guitarra y empezó a cantar a viva voz, un huayno de Mario Mendoza, que estaba muy de moda y que mi padre incluso gustaba oír. Después de que cantara y cuando casi la noche se asomaba y la luna salía por el horizonte dijo:
Aquellos muchachos, hijos de campesinos, algunos estudiaban en las ciudades, es decir los que ostentaban dinero, pero la otra gran parte aún seguía viviendo todo el año en sus pueblos, pastando sus ganados, yendo a las chacas a sembrar, trigo, maíz, quinua, oca, papa, entre otros productos y para las épocas de cosecha en las que los otros amigos se encontraban de regreso para ayudar a sus padre, estos se reunían..
Al llegar a su pueblo el coloquio era interminable. Las noches eran prolongadas, contaban sus hazañas, algunos venían de Chuquis, otros de Patay Rondos, Singa y algunos de Quivilla, Uchpapampa y estos dos hermanos filtraban en la vida de esos amigos y conocidos, historietas fantásticas y con ella actualizaban con lo último de la moda y la usanza de la capital que por cierto eran muy apreciadas por los pueblerinos, pues en esas épocas, el Distrito San Francisco de Marías, un pueblo del Ande, perteneciente a Dos de Mayo, ir en carro era casi como 12 horas y de allí a Lima otras doce horas es decir un total de 24 horas, y eso era ya demasiado pero a la vez una hazaña porque a la llegada de los carros a Uchpapampa, los niños oían el claxon y surgía de ella otros juegos, con carros hechos de madera y jalado de pitas de cabuya.
Manuel Norberto dijo a Pedro:
-¡Ésta es la más grande hazaña que ejecutaremos...!
Sentado su plan, prosiguió...
Ahora, todos los niños y niñas permanecíamos en silencio disfrutando del relato del cuenta cuentos, Manuel Norberto quien estaba encargado de ejecutar una parte del plan seguía con su relato, no sabiendo que a resumidas cuentas él sería igual que los demás el más afectado.
Esa noche, la luna llena iluminaba el hermoso paisaje de siluetas en medio del poblado, hechas de pequeñas casitas rústicas, algunas de las cuales, construidas con piedras y otras de paja y barro con techos de quincha; otros sólo horcones y barro con paja; y de los pocos, gente rica era de barro fino y tejas, como en la usanza española, tradición que se mantiene aún en algunas ciudades de los Andes del Perú. En el día se jugaba construyendo carritos con latas y arcilla, muñecas de barro y balones para fútbol, de la vejiga del ganado, llamado "pukash".
Desde Quinta (lugar donde termina la población) hasta la plaza de armas (distancia de 2 km. aprox.), había un camino pedregoso que era la avenida principal, en el que hoy se encuentran la primera escuela y el colegio más importante de Marías y el primer Director fuera precisamente mi padre don Pedro Dávila Facundo, que por cierto fue también maestro de casi todos mis hermanos... Por aquel camino transitaban la mayoría de los pobladores, y en esa avenida vivía la familia Gutiérrez, situación que aprovechaba Nervo, para hacerse el Rey de los Cuenta Cuentos y llamarse también el Hércules, aunque el título se lo ganó por su fuerza.
En aquel pueblo de Marías, casi todas las niñas y jovencitas teníamos una amistad cercana (recuerdo a Mery y Rosa, Anita Martín, Norma Domínguez, Elita, y otros más) no siendo así, los jóvenes, porque ellos se encontraban casi siempre en pugna por saber quién es el más fuerte y titularse Hércules, por la historia que en los cines de barrios estaba de moda. Otra arraigada costumbre era que los niños debíamos saludar a todos los mayores con quien compartimos la acera o calle en un mismo tránsito, esa era una ley, la cual ahora se ha olvidado y sólo se mantiene vigente en pequeños poblados y no así en las grandes ciudades.
Allí estábamos, reunidos todos: niños y niñas, jóvenes y jovencitas, escuchando sobre el "jupayla", "chanlalag", "Wari Jirqkan" entre otros tantas, cuando de pronto al fondo de la sala vimos dibujarse algo extraño en el ambiente, que se asomó por la entrada del zaguán (portón grande) y junto a esas figuras oímos un lamento triste, apagado y entrecortado, pensamos que se tratara del cántico en quechua que ya habíamos escuchado en el cuento...
-¡¡¡Ananalau custillaillau...!!!, (ay mi costilla) una y otra vez oímos, aquel lamento.
Nosotros absortos y oyendo al cuenta cuentos, no prestamos mucha atención a aquello, la situación se repitió y ahora en silencio aguzamos nuestra audición, de pronto, descubrimos que aquel lamento en quechua provenía de la sala mayor, como lo llamábamos a la habitación principal de la casa, junto a la cual quedaba la tienda de abarrotes.
Parecíamos estatuas de piedra, tragamos saliva, nuestros ojos desorbitados por el terror que se avecinaba, nos hizo quedar, ahora allí quietos y pegados a las sillas, otros más escépticos, se incorporaron para dirigirse hacia la sala mayor y al llegar, vieron dos figuras erguidas muy cercanas a la ventana que daba a la calle por donde solíamos jugar, en aquella negra oscuridad pudieron distinguir que aquello no era ya cosa de bromas y sin dar explicaciones corrieron despavoridos, como viento que parte el rayo.
Aquel canto que en el vocablo quechua sólo era parte de historietas que acostumbrábamos oír, ahora la teníamos en la vida real.
Wilson y Wellington cayeron desmayados sobre el piso y Fausto Huerta corrió hacia el techo de la señora Antuca Espinoza, cuyo techo de paja estaba al nivel de la carretera que daba a la calle principal, quien estaba plácidamente disfrutando de su descanso nocturno; mi hermana y yo en búsqueda de salvación ante tal espectro humano que ahora venía en nuestra dirección, corrimos y caímos una, sobre la artesa llena de masa de la casa contigua a la nuestra y yo sobre el "puku" batea de madera que sirve para dar de comer al cerdo, que en esos momentos comían restos de alimentos en descomposición, y los cerdos acercaron sus hocicos hacia mi, para indagar a la intrusa de su ágape.
Los hermanos Nervo y Pedro, continuaban con su propósito, quienes vestidos y simulando ser almas del purgatorio, no imaginaron jamás que en esos instantes fueran secundados por más y más imágenes blancas detrás de ellos, pero que de aquellos no se oían los pasos, ni podían distinguirse los calcetines blancos.
En medio de aquel laberinto y creyendo que su broma había causado tal espanto, proseguían con su canto de lamento, pero, al oír los gritos de Fausto, hijo de Tito Huerta quién exclamó diciendo ¡¡¡Tagaygá....Guepankanrajmi masga!!! que en el castellano significaba: "el que viene detrás, es más real" dieron media vuelta para saber el por qué, gritaba dando aviso y llamando a todos que huyeran.
Y ahora sí, pudieron distinguir tras ellos una especie de neblina blanca, sin formas descriptibles, a los que ellos imitaron cubriéndose con sábanas blancas, pero aquellas que venían detrás de ellos eran más blancas que las sábanas lavadas con lejía, que nuestra madre solía tender en el sol. Al oír la voz de pavor, de los chiquillos, aquellos jóvenes que simulaban ser fantasmas arrojaron las sabanas que tenían puestos desde la cabeza hasta los pies, y que nosotros decíamos "cocoroches" (gorro que suele usar el ángel de la muerte) y en ese instante, corrieron tras nosotros y cayeron desmayados aparatosamente.
© Gloria Dávila Espinoza
Huánuco 6 de agosto de 2006
Parte de Cuentos Andinos titulado "Chanlalag"
