¿GLOBALIZARSE O MORIR? Retos (verdaderos y falsos) para las literaturas regionales en el Perú de hoy
Por: Javier Garvich
Desde los años ochenta ha crecido una oferta de literaturas regionales de forma sorprendente para quien creía que fuera de Lima era imposible de escribir. Sin embargo, es un crecimiento que plantea igualmente preocupaciones y esperanzas. En la mayor parte ha sido una literatura ignorada por la industria cultural capitalina y sus centros de poder, no ha podido generar un mercado propio y muchas veces apenas si ha trascendido del microuniverso regional de donde se ha generado. Por contra, ha sido una literatura a prueba de balas, que sigue floreciendo al margen de la incuria estatal, la falta de recursos y la parálisis de las instituciones. Comenzando el siglo XXI, con la ola de cambios a todo nivel que lleva consigo, uno siente que las literaturas están en un momento decisivo ¿Podrán articularse con las nuevas formas de comunicación, buscar un sitio propio dentro de las nuevas prácticas culturales o, por el contrario, serán barridas por un nuevo magma tecnológico y financiero que siempre las ha excluido y terminará por anularlas absolutamente?
I
Lo que hay
Hoy se publican más libros de literatura peruana que en cualquier momento de nuestra historia. Hoy la mayoría de la poesía y la narrativa de nuestros escritores se producen fuera de Lima. Hoy hay una cantidad nunca antes vista de revistas literarias (entre impresas y electrónicas) producidas en provincias. Hoy hay una pluralidad de congresos, seminarios, foros y demás eventos literarios en los cuatro puntos cardinales del Perú. La principal reunión literaria del Perú -el Encuentro Nacional de Escritores Manuel Baquerizo- es fruto exclusivo de la vitalidad de los escritores de las provincias y siempre se ha caracterizado por su descentralismo. Del interior del Perú han surgido nuevas perspectivas en historiografía y crítica literaria (Puno), corrientes poéticas alternativas (Chimbote, Trujillo, Arequipa), vigorosas narrativas renovadoras (Huánuco, Cuzco) y fusión con el entorno cultural nativo para generar nuevas propuestas culturales (Abancay, Pucallpa, Iquitos). La llamada Narrativa de
Esa vitalidad, sin embargo, no ha conseguido crear un mercado interno real que pueda garantizar una continuidad. Al contrario, la praxis literaria en el interior del país suele ser una labor solitaria y casi heroica. Los escritores de provincias rara vez se conocen entre sí, cada uno combate como puede los problemas cotidianos de impresión, distribución y consumo de su propia obra, difícilmente tengan alguna resonancia fuera de su habitual entorno, luchan inútilmente contra la alta muralla de la ciudadela mediático-literaria de una Lima criolla que (casi) nunca los considera.
Pero quizá la mayor dificultad está en que el escritor regional pocas veces puede captar la atención, el reclamo y la crítica de sus propios paisanos. En un país donde la palabra escrita en español es una tremenda frontera entre la ciudad letrada y la cultura popular; un escritor de Antabamba, Virú o Tocache parece estar condenado a un aislamiento kafkiano ¿Qué esperanza tiene el escribir en una localidad donde el libro es escaso e infravalorado? ¿Qué hace un escritor al ver que las principales autoridades y jefes de instituciones de su región son un hatajo de borricos servidores del poder y orgullosos de su propia ignorancia? ¿Qué sitio tener donde muy pocos leen y casi nadie procura escribir? ¿Dónde una literatura entre las ruinas de un aparato educativo invertebrado y canijo que disuade a nuestro jóvenes de cualquier placer en la cultura?
Ojo, no hablamos aquí de analfabetismo sino de cercanía, hábitos y comprensión de lecto-escritura, ejercicio en el que somos virtualmente los últimos de Latinoamérica. ¿Cómo generar allí un movimiento literario? ¿Cómo crear eco? ¿Qué ejemplo difundir ?¿Qué mercado puede existir entre negociantes obnubilados por sus pequeñas ganancias cotidianas, autoridades que solo leen los que les conviene y adula, colegas siempre cortos de dinero, juventud perdida en los fastos tecnológicos a donde no accede la letra auténtica ? ¿Dónde una asociación literaria, un movimiento de poetas que pueda ser poco más que una asamblea de notables o una junta de amigos universitarios?
Lo que hay es un rico vergel con los capullos mutilados, jardines minúsculos que a muy pocos interesan, un césped muy verde (verde esmeralda, verde precioso) que se detiene en los pedregales de la gran ciudad. Una belleza pequeña, seccionada, vigorosa y diminuta, cuyo fulgor apenas se ve desde los invernaderos del Perú oficial. Una flor exótica que bien puede brillar con alegría en los valles de nuestro país real pero también yacer en un museo o, que se pueda talar con impunidad. Eso es lo que hay.
II
Lo que se viene
Parafraseando al gran Arnold Hauser, diríamos que el siglo XXI no empezó en el año 2000 sino en 1989. Allí se liquidó simbólicamente la gran promesa del siglo XX que se ahogó en sus propias contradicciones y fue flagelada sin piedad por sus enemigos de siempre. La caída del Muro de Berlín significó la victoria total (económica, política y cultural) del capitalismo global o -como se llamaba antes- del imperialismo norteamericano. Dicha victoria iba aparejada de otros actores y factores que medraron en el nuevo escenario : La implantación de un pesimismo antropológico como recurso de análisis, el desprecio por las construcciones intelectualmente ambiciosas, la omnipresencia de un discurso donde el mercado resulta el eje central de las relaciones humanas, la entronización de la sociedad del espectáculo como reemplazo de la crítica histórica, la banalización del discurso académico, la infantilización de la consciencia social....todo eso ha venido con el nuevo siglo.
Aunque hay dos factores históricos a tener en cuenta a la hora de diseñar un mapa cultural: La globalización económica como nuevo proceso social y el impacto de las nuevas tecnologías sobre el devenir de las actuales y futuras generaciones.
La globalización económica es mucho más que mero imperialismo. Al contrario, el imperialismo es una cara más de este nuevo proceso mediante el cual los actores productivos, los consumidores y los intermediarios financieros y publicísticos se interrelacionan activamente entre sí desde cualquier parte del planeta y son por igual penetrados por el capital transnacional. El mundo ahora es un enorme supermercado online de productos de todo tipo donde cualquiera -con dinero, obviamente- puede comprar, vender y usufructuar.
En el campo cultural esto significa que la producción intelectual y artística que quiera ser rentable y aceptada ha de negociar con empresas transnacionales que impongan condiciones y porcentajes, dentro de estrategias corporativas aún más amplias de maximización de ganancias. Buena parte de la industria cultural (editoriales, discográficas, cine y televisión, ciberespacio, circuito artístico y museográfico, sector del ocio, instituciones reconocidas) es sólo una parte de un proceso de tremenda fusión de megaentidades que buscan exclusivamente ganancias, no importa dónde y cómo. La aparente pluralidad de la oferta cultural en el globo solo es la pluralidad del supermercado, donde cada objeto solo tiene sentido si se compra o se vende.
Esta terrible lógica se profundiza con todo el impacto de las nuevas tecnologías en la sociedad actual : Mayor velocidad y precisión en las comunicaciones, simultaneidad de los discursos, creación de nuevas fronteras simbólicas, el ciberespacio como nueva terra incógnita donde todo puede suceder y a cualquiera afectar. Las nuevas tecnologías han alterado el proceso cognoscitivo de sus usuarios, están reemplazando la lectura de comprensión lineal por el arbitrismo del hipertexto, hoy se tiene acceso a toneladas de información procesada antes inconcebibles, se crean nuevos centros de documentación y comunicación que solo dependen de la facilidad de acceso a la red. Por un lado nacen nuevas comunidades de información inéditas y nuevos espacios de encuentro e intercambio; por otro se abren gigantescos fosos entre las dinámicas de quienes tienen información y acceso privilegiado a las mismas y entre las prácticas voluntariosas de aquellos que por escasez de medios están condenados a un acceso reducido y minusválido a las nuevas tecnologías.
Esto sucede en todo el mundo. En EEUU y en el Perú, en Lima y en Buenos Aires, en Sicuani y en Uchiza. Las películas de moda y el marketing musical nos llegan al mismo ritmo que los blogs literarios y las páginas porno.
La adaptación de las literaturas regionales a las nuevas tendencias mundiales en el Perú ha sido irregular y llevada a cabo -como era lo más lógico- por las últimas generaciones de estudiantes y profesionales. Uno de los efectos de la globalización y las nuevas tecnologías es la mayor facilidad de impresión de textos con cierta calidad, superando la prehistoria de la fotocopia y el mimeógrafo. Otro efecto es el mayor acceso a la producción letrada merced a las ediciones piratas de todo tipo que han multiplicado por cien los títulos que puedan venderse en las librerías ambulantes o en las papelerías de las ciudades del interior. Finalmente, las cabinas de internet se han convertido para muchos en unas privilegiadas ventanas al mundo. Ventanas que antes eran inimaginables.
Sin embargo, es evidente el enorme hiato entre el habitual modo artesanal de difusión de un texto en provincias y los grandes mecanismos mediáticos de distribución con que cuenta la literatura hegemónica. O de la infraestructura educativa o cultural de nuestras limitadas facultades universitarias frente a los dos o tres emporios de la capital. A esto hay que agregar el tremendo centralismo de siglos que contribuido a que este país de profundas barreras geográficas continúe dividido entre una gran ciudad omnipotente y anémicos racimos de poblaciones surtas cada una en sus tribulaciones y perdidas entre sí.
III
La globalización en la cultura: ilusión y realidad.
En la segunda mitad de los años noventa, cuando el boom internáutico ya era evidente y gozaba de su propio primer esplendor, surgió la discusión sobre si en el futuro tendríamos un discurso globalizado y uniforme merced a los omnipotentes códigos de la red. De hecho, trasladamos a internet la viejísima discusión sociológica sobre identidad: ¿Dominación o resistencia? Veíamos con ansiedad el poderoso impacto de las nuevas tecnologías y construimos un fantasmagórico discurso en el cual Billy Gates, Microsoft, et al eran el tenebroso Imperio informático (análogo al Imperio de
La realidad era más diversa y desbordante : Los productos culturales de la golobalización no solo picaban de múltiples culturas locales (e incluso tribales) sino que muchas tendencias dominantes en la sociedad mundial del espectáculo (la moda, la música, los gustos culinarios, la industria audiovisual del ocio) provenían de culturas ajenas a las grandes metrópolis occidentalizadas : El Rap y sus derivados nacieron de la periferia afroamericana criada virtualmente en la red de presidios y guettos de Estados Unidos, las cocinas que mejor cotizan suelen ser las japonesas, chinas y tailandesas (y al parecer, dentro de muy poco tiempo, también las peruanas) Brasil es uno de los principales centros creadores de la moda, las prácticas ancestrales de teñido de cabello en el Magreb hoy son habituales en la cosmética mundial, todo el Tercer Mundo (Brasil, Argentina, África, marcan la diferencia) copa el mercado mundial de futbolistas profesionales y los científicos mejor valorizados son, sin discusión, los asiáticos. Cualquier transnacional que quiera sacar beneficios en un país ha de adaptarse de alguna manera a su cultura propia (los McDonalds venden hamburguesas de cordero en
Por otro lado, iniciativas y espacios locales han sabido colarse en las redes globales sin que eso signifique aceptación al sistema. Buena parte de los movimientos contraculturales o –lo que son las cosas- antiglobalizadores usan intensivamente las nuevas tecnologías. Zapatistas, anarquistas, colectivos indígenas, redes de minorías sexuales, partidos de extrema izquierda, fundamentalistas islámicos, intelectuales radicalmente autónomos, etc. todos forman parte de la red con mayor o menor integración en la misma. Si hablamos de literatura destacaríamos en especial un nuevo fenómeno: La proliferación de los blogs (para muchos, la literatura del futuro) que son espacios creativos donde poetas y escritores que no tienen sitio ni les interesa formar parte del mundo editorial convencional, reproducen sus propias obras, critican las ajenas, opinan de lo que sea y terminan convirtiéndose en espacios de referencia obligada dentro del mundo del arte y la cultura al punto que editoriales y medios de comunicación habituales terminan contratándolos (ya hay varios ejemplos de novelas que primero fueron “publicadas” electrónicamente y, con posterioridad, impresas en formato de libro). Otro aspecto que reflejan los nuevos tiempos es la multiplicación de comunidades virtuales de intercambio y producción literarias: Revistas electrónicas, cadenas de links, foros y conferencias virtuales, espacios de praxis culturales alternativas que hace tiempo han desbancado a los medios masivos de comunicación (y a buena parte de los espacios del mundo académico) como referente de novedades y debates en el mundo de la cultura.
Pero, la diversidad por sí sola no significa libertad y los aplausos que un tocado indígena puede tener en una pasarela de moda en Milán no implican de ninguna manera un reconocimiento a los derechos (siquiera culturales) de los pueblos autóctonos de Sudamérica. El éxito de un blog rebelde dentro de la comunidad de internautas no afectará a las relaciones de poder existentes en los modos de producción y reproducción cultural. El impacto cultural de las nuevas tecnologías dentro de una economía globalizada es, como cualquier proceso histórico producto del capitalismo, un proceso con trampa.
El eminente sociólogo francés Pierre Bourdieu sentenció hace algunos años: La globalización no es un efecto mecánico de las leyes de la técnica o de la economía, sino una creación política. Una lenta creación del capitalismo universal y desarrollado.
Y, añadiendo el demoledor párrafo del ensayista español Vincent Verdiú, decimos que la globalización es “... una dominación blanda y cautivadora, tan eficiente que no encuentra incoveniente en disfrazarse de chino en Suzhou ni de mexicano en Cuernavaca. O al revés: No pone objeciones en importar chinoisseries para los jardines de París ni serpientes emplumadas para los restaurantes de Portland. Siempre que el resultado sea, al cabo, una desnaturalización de las diferencias y la globalidad del mundo se ofrezca como una cultura propensa al desarrollo del negocio (...) y a un mejor control”.
El quid del asunto no es que el discurso cultural tenga más diversidad, sino que las bases materiales de tal discurso están sujetas a una dinámica económica fuertemente centralizada en el capital transnacional. El mejor periódico en lengua castellana a nivel mundial (por su manejo del idioma, su código de imparcialidad y su espíritu disentidor) es el diario español El País y la más afamada productora de alta narrativa en el mundo hispanohablante es
La diversidad brilla como logo publicitario, pero las fuerzas motrices que dan vida a ese logo carecen de diversidad, forman parte de un matrix multiempresarial que genera una cultura hegemónica, plural en sus gustos pero jerárquica en su estructura de reproducción material. En esa perspectiva lo regional sólo tiene sentido como prurito folklórico, como decorado multicolor para discursos que otros diseñan. El arte regional tiene futuro como elemento cosmético, como epígono del turismo, al servicio de opulentos consumidores de cualquier parte del mundo, sin más personalidad que la que el gran capital puede permitir.
IV
La literatura contemporánea en el mundo globalizado
En el campo literario la situación es más triste, si tenemos en cuenta que el libro se ha convertido en el pariente pobre de las grandes redes de comunicación de este nuevo siglo. Conforme se desarrollaban los medios masivos de comunicación, los mecanismos de reproducción técnica del arte y las nuevas tecnologías de información, el escritor como tal ha ido perdiendo terreno, mientras espacios tradicionalmente literarios eran invadidos por otras artes y la literatura mutaba su condición de acuerdo con los tiempos. El escritor se fue convirtiendo en guionista, en creador para empresas de publicidad, en director artístico de producción o directamente en un filmmaker. El grueso de la producción literaria se dividió entre una enorme masa de novelas de ficción comercial muy ligadas a los aparatos multimedia (ahí tenemos a titanes de ventas y prolíficos escribidores como Stephen King o Tom Clancy) y un sector muy reducido de narrativa “seria” cuya presencia pública disminuye progresivamente. El espacio de la poesía como vehículo erótico ha sido sustituido por el rock y la música popular en general. Y la poesía se ha quedado en un registro testimonial de poetas que escriben para poetas. El arte dramático o ha desbarrancado hacia el mundo audiovisual o se ha resignado a iniciativas experimentales anexas a un teatro de cámara cercano a lo margina.
En un mundo donde la palabra escrita ha cedido (muchísimo) espacio al discurso audiovisual, hacer literatura es una elección singular y arriesgada. Pero sobretodo es optar por una expresión comunicativa minoritaria, a la defensiva y estéticamente catatónica. El producto literario (un poemario, una novela, un texto dramático, incluso un ensayo de crítica literaria) se abre a un mercado muy restringido, donde los lectores potenciales y ocasionales son muchísimas veces más numerosos que los consumidores efectivos. Esta paradoja es posible en virtud de la pérdida de centralidad de la palabra escrita más allá de los ambientes académicos, los cuales también dependen mucho de los caprichos del mercado y los intereses de los poderes fácticos que sostienen materialmente las universidades y otros centros productores de información crítica. Es decir, la literatura en cuanto producto artístico es, de facto, un bien cultural minoritario cuyas posibilidades de expansión en la sociedad dependen de otros factores adicionales, muchas veces excepcionales y no siempre asequibles.
El libro se materializa en virtud de una industria cultural. Editoras privadas, fondos públicos, agencias de publicidad y márketing, existencia de cadenas de distribución, cuadros de críticos y analistas que adelanten al público las bondades (o las falencias) del producto recién gestado. Como ya hemos mencionado, en los tiempos actuales la gran producción editorial depende de grandes complejos multimedia, megacorporaciones que ven el libro como aditamento y producto colateral de grandes ofertas audiovisuales que respondan a las tendencias de un amplio y muy joven mercado (no solamente promoción de películas o juegos de ordenador sino de hechos audiovisuales, sucesos verídicos, de ficción o de ambas, que todos consumimos por las pantallas y las ondas, y que determina el grueso de nuestro menú cognoscitivo, informativo, emocional y estético). Por lo general la gran literatura de consumo suele conectar con los grandes temas de evasión, puesto que se ha convertido en una literatura de puro entretenimiento y, en el mejor de los casos, como referente cultural mundano y fábrica de respuestas amables a las dudas que plantean las cotidianidades de la existencia y que aparentemente nadie satisface (ese espacio, que antes lo ocupaba el ensayo filosófico o psicológico, lo ocupan ahora los manuales de autoayuda del corte de Derak Choprah o Sergio Bambarén).
Debajo de este rubro -hablando en términos estrictamente mercantiles- tenemos a la llamada literatura “seria”, es decir propuestas literarias que intentan enriquecer la gnosis contemporánea mediante el uso creativo de la palabra. Dado lo restringido del mercado, los grandes best-sellers de este tipo de literatura lo son en tanto han sabido conectar con la sensibilidad de un consumidor tipo: Profesional, de edad mediana, de clase pudiente, con un nivel educativo elevado (es decir, una alta formación académica). Este consumidor tipo -aquel que puede comprar con regularidad novedades editoriales y publicaciones recientes a precios internacionales- reside principalmente en los países desarrollados. En países como el Perú ese consumidor se circunscribe en el pequeño anillo de gente adinerada que rige este país. Ojo, no hablamos de gente que lee sino de gente que compra (y luego, claro está, suponemos que lee lo comprado), que puede gastar semanalmente veinte dólares en un volumen e incluso pedir títulos por internet (señalamos que, en el mercado internacional, un libro recientemente publicado tiene un precio mínimo de dieciséis dólares, las ediciones de lujo cuestan como mínimo cuarenta dólares y los llamados Libros de Bolsillo no bajan de seis o siete dólares).
Si este consumidor tipo es internacional, hablamos entonces de una comunidad internacional de lectores que, por mor de acceder a ciertos niveles de información a una misma velocidad, produce un gusto y una crítica internacional. Ese es el consumidor que descubre a Houellebecq, que disfruta con Baricco, que corona a Auster y que aún aguanta a García Márquez o a Vargas Llosa (más por méritos pasados que por su obra reciente). A ese consumidor se abocan las grandes editoriales y persiguen jóvenes y avezados escritores que intuyen la partitura que les agradaría escuchar.
Esto marca una virtual dictadura del gusto, que condena el experimentalismo narrativo, la erudición intensiva en el texto, las temáticas desconocidas o con poco asidero en el imaginario mediático. Lleva a una estandarización de gustos y a un cultivo del arquetipo como fácil recurso diferenciador en una triste dinámica literaria en la cual todos los libros se repiten y todos los estilos se asemejan.
¿Qué sitio tiene, pues, las literaturas regionales en este inmenso supermercado cultural en que se ha convertido la literatura globalizada? Podríamos venderles poemas de provocación telúrica, cuentos sobre ciudades vigiladas por otorongos albinos, islotes sagrados de donde emergen tortugas gigantes depositarias de profecías, clandestinos incas de Vilcabamba que rescatan pedrería radioactiva a manos de los nazis, niñas-pájaro que salvan a bienintencionados exploradores yanquis, historias de amor locas entre conquistadores españoles y ñustas cuzqueñas (eso ya se ha hecho), esoterismo intergaláctico cobijado en las líneas de Nazca. Podríamos convertir todo nuestro país en un guión de Hollywood y hacer que nuestros escritores se convirtieran en émulos de Frederick Fortsyth y Dan Brown. Es la ley del mercado. Es lo que vende.
¿Eso puede ser el futuro de la literatura regional en el Perú?
V
No exportar, comunicar
Vivimos momentos decisivos. Y no solo en literatura. Todos los productores (incluidos los productores culturales) estamos bajo el dilema de volcar nuestro ingenio hacia la exportación, o encontrar algún espacio de encuentro productivo con nuestros contemporáneos y paisanos. Como en
El reto de la literatura regional no es la de exportar o morir. Exportando moriremos porque el discurso original crecerá en función del gusto de un puñado de consumidores adinerados. Así como nuestra música autóctona ha sido bolivianizada por mor del mercado global, nuestra literatura puede ser chilenizada porque esa es la literatura que vende en la península española: Historias urbanas de clase media alta con contradicciones sorprendentes y jerga local que le dé gusto al producto, como el orégano a la pizza.
(Mensaje a quienes todavía tienen la grandeza de escribir en lenguas indígenas: Aún se hablan unas seis mil lenguas en el mundo, pero apenas unas trescientas cuentan con más de un millón de hablantes. Afortunadamente, allí incluimos al quechua y al aymara. Pero ya no al aguaruna amazónico ni mucho menos al muchik de la costa norte, hablado por una única familia extinta y sin descendientes).
Queda recuperar a nuestros lectores. Tarea difícil. Algún escritor limeño mencionaba que los llamados escritores andinos debieran seguir el ejemplo de la folklorista Dina Páucar y generar su propio mercado interno. La comparación es grosera y no es ahora el momento de rebatirla con la justeza que necesita, pero hago hincapié en la gran dificultad de la literatura para llegar a las grandes masas urbanas.
El Perú real ya ha vencido al Perú oficial en música, en cocina, en algunos aspectos de la estética visual; pero no en literatura. El libro es un objeto minoritario en nuestro país y, por triste extensión, la literatura publicada sigue siendo asunto de minorías. Más minoría teniendo en cuenta que la ciudad letrada peruana sigue siendo patrimonio de unos cuantos. Seamos realistas: Los libros serán la última trinchera de la oligarquía criolla para mantener su status de dominación al resto de peruanos.
La manera de salir del círculo vicioso de dominación externa y marginación interna es comunicar. Tenemos que hacer de la palabra escrita una herramienta productiva a nuestros connacionales y del libro un objeto próximo y amigo a todos. El escritor como alfarero: Ofreciendo a sus semejantes creaciones útiles que puedan formar parte de su vida cotidiana, de su hogar. El escritor regional es guardián de nuestras tradiciones, pero nuestras tradiciones sólo tienen sentido mientras nos hagan más sabios, más solidarios, más orgullosos de nosotros mismos. Crear tradición en el sentido andino de la palabra: Tradición viva en tanto ayuda y reproduce la comunidad. Allí ha de llegar la literatura. Cuando termina siendo una herramienta más del trabajo en común. Cuando acaba formando parte de nuestras canciones y nuestros sueños. Gabriel García Márquez decía que cambiaría cualquiera de sus novelas por haber compuesto un buen bolero. Tenía razón. Y hoy sería más grande todavía.
El reto de las literaturas regionales en el Perú es comunicar, es ser voz viva de nuestros pueblos, de la calle de enfrente, de la plaza pública. El comunicar involucra una serie de manifestaciones que van más allá de componer un poema o publicar un cuento : Implica ir a los colegios, para hacer de cada escolar un poeta (tarea sencilla), implica ir a gremios y asociaciones civiles a escuchar sus historias, compartir nuestras creaciones y a generar arte entre sus miembros (tarea complicada), implica desafiar a los poderes para que éstos suelten el dinero de los contribuyentes -nuestro dinero- en iniciativas culturales, para que ellos entiendan la cultura como un elemento prioritario en desarrollo local (tarea harto difícil).
En un país heteróclito urge la comunicación. Y más aún si esta es una comunicación que evoque belleza, conocimiento, valores, identidad. No encontramos nada de esto en la prensa nacional ni en los grandes medios de comunicación. Tenemos, pues, la cancha libre.
Frente a la ofensiva globalizada de los medios, opongamos una creación que hable de nuestro pueblo y nosotros mismos. Frente al caramelo de los mercados externos, empecemos por cimentar el propio y cercano. Frente a la cacofonía de los discursos dominantes, ofrezcamos la diversidad de las voces auténticas. La literatura regional, en su búsqueda por conseguir un sitio dentro de la postmodernidad, no tiene mejor camino que la sinceridad.
Lima, Mayo 2006
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