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ARTE, FILOSOFÍA Y LITERATURA "COLIBRI"

La poesía vuela en alas del viento

12 Octubre 2006

Ghazal enmascarado en el surtidor de los ojos, en ARTE FILOSOFIA Y LITERATURA COLIBRI, de la poeta Runa Simi GLORIA DAVILA

Ghazal enmascarado en el surtidor de los ojos

Sams Al-din Muhammad (Hafiz), in memoriam

La avara cizaña crece.
En este sitial de arenas peligra la piel
del viejo adolescente cubierto por el musgo
hasta la anunciación, la loca anunciación de la herida.
¿Has visto aquel muelle?
¿Desentierras de un golpe la sangre del Vizir,
la tenue sustancia brillando como un alarido?
¿Asistes al sacrificio voraz de toda primavera?
¿Con qué estuche milagroso guardarías el ruego?
¿Y las carrozas?
Se abre este muelle en las membranas del mundo.
La tempestad vuelve a la costa sacratísima
de felices dinastías sobre el mármol.
(Los dibujos entretejen un ágape de fuego
y es un ballet de muerte la mesa tendida al sol
donde Swinburne mastica pétalos dorados para tu agonía
y el Gran Sufí recorre la feria en mitad de la noche.)
Es el contagio de memorias quien te pide tijeras,
alimañas, afán de soledad, sucio espejo levantado en tu honor
para fraguar la historia.
Labra los siglos desde su guarida.
Así comienzan los encantamientos.
El cazador prueba en su lengua un talismán de pelos de murciélago.
¿Con qué ajuar de ciegas caretas cruzarías
la noche del amor y sus repeticiones?
¿Qué ofrendas dejarías en el baldío corazón
golpeando -sin cesar- columnas rotas?
¿Qué arcano para la palabra indivisa?
¿Nada más que majestad de fiebre
deshabitada por la exacta caída del imperio?
Ya no habrás de ver el rapto y la crucifixión de mi vuelo.
Hilvanaré piedad en el jardín
porque de viento es esta mordedura,
porque de viento es esta ley tatuada en mi costado.
Bastante herida mojó en la tierra
la mansión del deseo.
¿El sacrificio voraz de toda primavera?

Manuel Lozano
París, abril de 2004

Reverberación de un diamante a punto de estallar en estado de vigilia

Para Juan José Sebreli

Derribaron el muro de las emanaciones celestes tan sólo con un soplo.
Al principio nadie quiso hablar,
pero las agonías huyeron hacia el río, infernales y visibles.
¿Cómo incubabas el tejido de una piel
para soñar de nuevo una casa hecha de puertas ausentes,
abiertas de par en par hasta el descubrimiento?
El asco estaba lleno de aves trepadoras cuando te hundiste en el muelle.
Un animismo de bocas disfrazadas partía el aire,
en suspenso el incensario imposible de todo paraíso.
Era dócil la luz perversa gimiendo por los muslos
(tan perversa como la súplica del reo en las misericordias de una pesadilla.)
¡El día con sus caretas desvestidas por el ácido de aquella soledad!
Alma redemptoris, me ataste a las semillas ocultas
de un cinamomo de anunciación cuando corriste
a las entrañas de un libro revestido del rocío primal
que brota por la cara y estas manos
y se desliza hasta el cielo atroz del abandono.
¿No ha de crucificarme un trono de cortezas?
¿Pero no asalto la mansión del abandono?
¿Qué más padre y madre que una sombra de palabras?
En tiempos de revelación
yo arrancaría guijarros a la sumisión de las noches,
curando la muerte incrustada en esas tenues ranuras
que crecen por detrás de los ojos.
Máscara de huesos y de sangre
llevando alimento a las camas incendiadas
en las nupcias del ungido y del verbo:
¿qué aguardas del despojado final?
¿Una corona de humo admirable?
¿Tal vez la bienaventuranza perdida
entre las lianas de una genealogía
de olvidadas aldeas en el mapa sumergido de tu historia?
¿Una morada para ensayar el infierno en las ciudades?
¿Una sede donde estrujar el castigo
con la mutilación de la sola fisura en la parodia?
Ábranse, remotísimas.
¡No hay, no puede haber paz entre los regocijos del llagado!
El grito sufre de resplandores.
La sed unigénita llama a su pascua en mitad de la lluvia
y ves piedras y un caldero en la heredad del luto.
Rotan las columnas de arena.
El nacimiento era un costado doliendo
hasta la precaria y absurda vejez de toda especie.
Jamás el rapto.
¿Qué significan las moscas
preparatorias del dulce hedor de los que duermen?
Siempre se alejan.
Ven a mostrarme un abanico de musgos.
La música rugosa nada en mí hasta el principio.
Escarbo entre los surtidores.
¿Quiénes faltan aquí?
Ardentísima la idea en su ataraxia insoluble.
El merodeador solitario bebe el centro del diamante.
¿Y más allá?

Manuel Lozano
Santa Lucía de Syracusa/Buenos Aires,
octubre de 2006

(Este texto fue especialmente escrito para el homenaje organizado por Manuel Lozano a Juan José Sebreli dentro del ciclo "Grandes Creadores Argentinos" (programa "El Oro de los Tigres"- www.fmradiocultura - 5 de octubre de 2006)

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