A ma fille Alba Ondina Manuela...........
Prefacio
Este libro, como todo libro de poesía, admite (exige sería mejor decir) varias lecturas. En una de ellas, la más obvia, el texto cobra sentido como recuento poético
de una dolorosa aventura existencial. Las palabras vienen desde el centro de una memoria que conserva intactas las huellas de una sensibilidad herida gravemente por el desencanto y la extrañeza. Estamos en 1991, España se prepara para el quinto centenario del descubrimiento de América. Pero los vastos proyectos, las grandes palabras, las pompas oficiales no logran lo más simple, que un joven escritor que viene precisamente del nuevo mundo que encontró Colón, se sienta bien en tierra española. Al contrario y a pesar del idioma común sabe, se lo hacen saber a cada instante, que es irremediable, insufriblemente extranjero.
En aquel año en efecto, el poeta Porfirio Mamani Macedo (Arequipa, Perú, 1963) decidió dar el salto a Europa. Su meta como la de tantos era París pero las circunstancias lo llevan a una forzada primera estación en Madrid. Comienzan entonces junto con el aprendizaje europeo los tiempos difíciles. Recuerda así: "Ojos que buscan en mis ojos una duda. Manos que buscan en mis manos/ un pasaporte no un saludo". Pero a veces "No les basta el pasaporte que les muestro/ miran mi rostro y sus palabras caen como lanzas encendidas". ¿Por qué lo miran así?, ¿Por qué lo hieren con sus palabras? Hay un verso admirable que lo explica. El poeta hablando de sí mismo dice: "Rostro que me procura la historia". Y aquí está en verdad el origen de todo. Su apariencia física (y también sus apellidos, uno quechua otro hispano) son consecuencia de la conflictiva y rica historia peruana en la que la mezcla de razas, lenguas y culturas ha determinado la conformación de la felizmente heterogénea y complicada sociedad del Perú de hoy. Y es precisamente por su faz oscura, por su habla que no es la castiza, que al poeta lo miran con extrañeza y le manfiestan hostilidad.
La conciencia de saberse mirado con desconfianza y sin amor alimenta sin duda una de las lineas fundamentales del libro que desde este punto de vista podría describirse como un ejercicio sobre la mirada ajena. La mirada de los otros dibuja una imagen de Porfirio y se la impone. Y aunque él sabe que esta imagen no es la suya auténtica termina por reconocerse en aquel ser que lleva en su frente el cartel de extranjero porque así, como a un extraño, lo han mirado tantos y tantos ojos.
El poeta camina por la ciudad ajena y halla "Sólo ojos y memorias/ para mirar de perfil mi piel y mis ojos negros" . Las miradas que se posan sobre él se convierten casi en una obsesión. Citamos versos al azar: "La sombra y la agonía/ y también una ciudad y gente que me mira./ Mirada, perfil, rasgos que debe soportar mi frente... Sólo calles cansadas de mirarme". Y en otro lugar "Raros mis ojos y el color de mis ojos/ para ti viejo enigma que me mira con recelo" y en otros "Serán los ojos que me ven sin verme"..."Y tocan a la puerta y miran a mis manos y a mi sangre"..."No hay lugar para ausentarse un instante del ojo que nos ronda". Los ejemplos podrían seguir indefinidamente dando cuenta reiteradamente del malestar profundo que agobia a Porfirio al sentirse mirado de continuo como "el otro", el foráneo, el intruso.
Los poemas de Voz más allá de las fronteras brotan sin tregua del recuerdo (vivo a pesar del tiempo transcurrido) de aquellos duros primeros meses en Europa. "Mas nada ha de callar este río de palabras" se nos advierte y así ocurre...El libro de Porfirio es en verdad como una corriente verbal que fluye impetuosa e incontenible aunque con remansos de puro lirismo. No se trata sin embargo de un lacrimoso memorial de las previsibles dificultades: no hay trabajo, no hay casa, no hay amigos, no hay dinero. Lo que le pasa al poeta joven es algo mucho más grave y lo afecta en lo profundo. Rechazado por extraño ("seré siempre un extranjero"), imposibilitado de incorporarse a la sociedad en la que vive, se siente por momentos en riesgo de perder su identidad: "apenas mi sombra débilmente me persigue". Y mientras tanto se debate en una cerrada soledad -"yo escribo estas soledades"- que encuentros fortuitos y fugaces disipan apenas.
Así, pues, el libro de Porfirio Mamani es por una parte, el resultado de una operación de rescate del pasado por la memoria poética. Convertido en palabras de poesía ese pasado no morirá. Y el poeta lo sabe "Sólo quedas tú, palabra que no incendiará el olvido". Seguirá el ayer latente en estos textos y revivirá cada vez que un lector se acerque a ellos para iniciar el diálogo de alma a alma en que consiste esencialmente el ser de la literatura.
Decíamos al comienzo que este libro puede leerse de varias maneras. Una es la que acabamos de realizar. Pero también el texto se dejar leer como un discurso lírico con prescindencia (relativa) del sustrato táctico que lo origina El punto de partida de una lectura así podría ser el poema "m" en que se lee: "¿Cómo callar teniendo la palabra/ y la duda en la palabra?". Nos instalamos de pronto en el corazón mismo del poetizar: fe en la palabra y a la vez duda de la palabra. El poeta cuenta con un único medio de expresión, la palabra y se aferra a ella como a su tesoro primordial. Pero también le sobrecoge el temor de que la palabra no alcance a expresar fielmente lo que quiere decir que no aparezca cuando se la invoca para conjurar el fantasma de la página en blanco. Es la misma angustia que lleva a Vallejo a clamar "Quiero escribir pero me sale espuma, quiero decir muchísimo y me atollo". Pero sigamos con Mamani y sus meditaciones a la orilla de la palabra. Leemos: "Escasa palabra, viento que no nombramos"... Y más allá "Errantes la palabra y la mirada"..."Sólo me queda el sueño y la palabra. En ellos yo existo"..."Dejo palabras como piedras/ como polvo, como polvo humedecido"... "Palabra bastón de mi alma mi siglo y mi silencio"... "Palabra que construiremos en silencio"..."Palabra tierra que cultivo"...
Amante, cultivador, respetuoso de la palabra, el poeta se hace palabra él mismo, se prolonga en ella: "Yo ser y palabra de mi mismo". Como todo poeta auténtico, Porfirio se siente realizado en y por la palabra. Seguir a través del libro los avatares de esa relación a ratos imprevisible con la palabra constituye otra de las muchas lecturas posibles de un libro que como el de Mamani Macedo, se ofrece como un haz de posibilidades significativas, como una invitación a una lectura gozoza y a la vez libre.
Es hora de concluir. Y decimos que Voz más allá de las fronteras no sólo da cuenta de aquella peripecia española del poeta sino que también es registro de su peculiar visión de la vida y del mundo, de su manera de entender la condición humana. De este modo el libro tiende a confígurárse como un discurso plural en el que aparte de las líneas que hemos comentado hay muchas otras como el sentimiento del tiempo, el amor a la tierra, el recuerdo de la infancia, la huella de la familia, la presencia del paisaje, el amor, la nostalgia. En suma, una excelente muestra de poesía anclada en la experiencia pero no atada a ella. Visto al lado de los otros que viene publicando desde 1988 en Perú y en Francia, este libro no hace sino confirmar lo que algunos supimos desde el comienzo: Porfirio Mamani Macedo es un escritor importante en el panorama de la literatura peruana contemporánea.Y su obra está sólo comenzando.
Lima, agosto de 2003
Jorge Cornejo Polar
Prólogo
Como un recuerdo olvidado navegamos en la memoria del tiempo. Al mirar la distancia de tus ojos no comprendo, el aura que huye en las mañanas de mis sueños. Cruzamos las alfombras sin saber. Queda el polvo que arrastramos con la tarde. Una voz interminable sacude nuestros pelos. Vemos la luz, la sombra de los ríos que soñamos. Esperamos a alguien que nunca llegará. Sentimos un extraño golpe en la mirada. Sólo un vacío y una ausencia indescifrable quedará. Unos volverán; otros, irremediablemente, dilatarán sus sombras en la nada. Yo preguntaré en mis sueños de todo aquello que no comprendo. Serán tal vez mis ojos los que busquen una puerta o un camino entre lo poco que me ofrece, la noche, la palabra olvido. Todavía queda tiempo en la ventana, del infinito ser, azar que nos espera y nos encuentra. De nosotros sólo quedará la palabra, la palabra aferrada al misterio que llevamos. Allá en el fondo queda nuestro ser, nuestro ser que peregrina. Nunca más volveré a ver lo que hoy he visto. Me llevo una palabra y horas que no encerrará la palabra. Será que no existimos para nadie.
a
Odio y Amor no nos abandonan
Nostalgia, palabra y beso
Lluvia, tierra y canto
Sombras que se acercan al parque
Papeles, agua, ruido que se pierde
Rostro, cara que nos devuelve el viento
La noche, el vuelo, un adiós olvidado
Hora que pasa y vuelve
Y tocan a la puerta y miran mis manos y mi sangre
Frontera, Enigma que me miras
Abrigo de todo aquello que ignoramos
Tú que me esperas con un ojo y con una linterna
Yo me alejo de tu vientre, mas otra tierra en invierno me recoge
El olor a lluvia queda
El hambre y la caída
El café no bebido
El dinero no cuenta, cuenta el rostro, la piel que nos envuelve
Caballos en los sueños
Cascos de caballos en los sueños
Estoy sentado en alguna parte que nadie ignora
Y una sombra salida de un caballo
me muestra la calle, no un parque
Mudo Cervantes
Mudo también don Quijote y su escudero
Mudos los muros de Madrid
Yo me alejo
Papeles, ruidos que empuja el viento
Más allá una puerta
y detrás de la puerta una mujer desnuda
La Plaza de los Toros y un teléfono que no suena
Son las nueve y las calles desiertas
Hojas de aquel otoño inolvidable
Ramas que cuelgan de la nada
Lágrimas que brotan de la tierra
Hospitalidad, semilla que no germina
Flores marchitas que no esperan a nadie
Viento que transpira
Todo no queda en ti, viejo Enigma que me sigues
Ni en tu sombra, ni en tu ruido nocturno
Es 1991, es noviembre o diciembre, quién diría 500 años ya
y yo y mi sombra detrás de la frontera
Y todo es nada en la memoria
Voces, miradas secas, indiferencia y desprecio
Tanto haber nacido
Tanto haber soñado
y no comprender nada
de aquel hermano extranjero que me mira
Otras escaleras, otros puentes nos esperan
b
Ruidos, ruidos de voces que derrama el viento
Mirada, estigma que se acaba
Dolor, agua que corre por mis venas
Silencio, palabra que me alcanza
y me abraza en secreto en el origen de la tarde
Montañas, ríos, rostros que difícilmente
ha de borrar el tiempo
Ahora soy y no soy nadie
Soy el centro de la nada, del abrigo que me falta
Por una calle que todos ignoramos
va el perfil de un desconocido
ese que mira su morada en cada puerta
Tú, Estigma, pan de todo cuerpo
Mirada que no recuerdo
Sólo hojas, hojas secas que amontona la mirada
Cuando bajo a la penumbra del día
extrañamente se baraja mi destino
No son sólo dientes
es también su lengua y su destino
Orilla, costra del tronco que no veo
Puerta del Sol, piedra que me esperas
puerta del sol, lugar que no frecuento
Sueños que se quiebran en la Vía
Pasos que interrumpen mi camino
Todo lo complica el instante
Hostal, palabra que olvido y recuerdo
Sufrimiento, dolor que no defino
Sólo puertas que se cierran
Vientos que precipitados me despiertan
Sol que espero con el Alba
Olvidados quedan los caminos
Calles que me muestran la palabra: extranjero
Voces, rostros que me miran
No me llevo nada de nadie
Apenas mi sombra difícilmente me persigue
El desconocido, el extranjero y yo nos alejamos
como tiempo desgarrado que pronto olvidaremos
Tú, tierra prometida, tercamente no me acoges
Tú que dices ser la madre y la palabra
El eje de Dios en este páramo y nada
Todo he de guardar en esta sombra
y la sombra en este sueño que me alcanza en la frontera