ELI CARUZO GARCIA, GENIAL ESCRITOR TINGALES, INVITADO ESPECIAL EN LA PAGINA DE LA POETA RUNA SIMI GLORIA DAVILA
Escritor Elí Caruzo García, Foto: Daniel Caruzo
ELI CARUZO
BIOGRAFIA
Nació en el Caserío Puente Pérez, en Tingo María el 8 de diciembre de 1963. Cursó sus estudios de primaria en el Colegio Padre Abad y de secundaria en el Colegio Gómez Arias Dávila de su ciudad natal.
Desde niña ha compartido su vida entre el campo y la ciudad. Este diario contacto con la naturaleza despertó al artista que había nacido con él, y le permitió ser un agudo observador de su entorno. En su adolescencia practicó boxeo y artes marciales. Otra faceta suya es la de ser compositor.
Ha recibido el Tercer Premio en el Concurso Premio de Cuentos Ciudad de Huanuco, 1998, en la Segunda Versión del mismo Concurso recibió el Segundo Premio, el 2001. Ese mismo año recibió el Tercer Puesto en los “I Juegos Florales Estudiantiles”, organizado por la Universidad de Huanuco. En el año 2003, publica su libro “El Mejorero y otros cuentos” (2 ediciones), la cual ha sido elogiado por la crítica literaria. Actualmente está trabajando en otro libro de cuentos y una novela.
SU OBRA
EL MEJORERO
Desde el día en que comencé a rozar el terreno en donde iba a realizar una mejora de cacao, era Mariana quien me llevaba el almuerzo. A eso de las doce la veía llegar. Sólo algunas veces se demoraba unos cuantos minutos.
Al principio me sentía muy incómodo ante su presencia allí, y calculando el momento que iba a verla aparecer, empezaba a machetear como un loco, desesperadamente. Cuando ya la había visto de reojo y oía que me llamaba, seguía con mi trabajo, haciéndome el sordo.
La trataba con indiferencia. No me gustaba su comportamiento porque a cada instante quería imitar el trato que mi tía Carmen le daba a mi tío Gumersindo, y de lo cual yo estaba convencido que mi tía le había metido en la cabeza.
Siempre llegaba con sus cabellos sobre los hombros y una flor prendida en el moño que solía hacerse sobre un lado de la frente. El sol del camino le coloreaba las mejillas. Y a pesar de que estábamos en la chacra, gustaba de vestirse bien; su ropa dejaba notar las magníficas sinuosidades de su cuerpo. Aunque quería hablarme no lo hacía, tal vez porque me veía con unos ojos de tigre.
Yo ni siquiera le daba las gracias por haberme traído el almuerzo; por el contrario, tenía ganas de derribarla y patearla como a un sapo. Recuerdo bien la primera vez que llegó con el portaviandas en la mano; por sonreírme casi la embisto, la salvaron las ramas y espinas que obstaculizaban mis pies. Me caía mal, definitivamente; y en vez de ocultarle mi antipatía, se la demostraba. Mientras yo comía, ella estaba sentada cerca, como una esposa fiel y sumisa. No hablaba y trataba de no hacer nada que me molestara, quizás porque conocía mi carácter feroz cuando la ira me ciega. Si su mirada se encontraba con la mía, la desviaba al instante, pero de reojo seguía atenta a mis movimientos. Yo gustaba de ver su cara al ponerme de pie de improviso, arrojando a un lado la vianda y la cuchara.
Mi trato hacia Mariana tenía algo de sadismo por una razón: sabía que era intención de mi tía el hacerme casar con ella, y yo no quería eso por nada del mundo. Sentía vergüenza al imaginar lo que pensarían y dirían Santiago y Óscar el día que lo supieran.
Cualquiera habría dicho que yo debía de sentirme feliz al ver que Mariana llegaba con mi almuerzo a la chacra, que no me importara el qué dirán. Pero tenía mis razones para pensar lo contrario.
Mariana era una chica huérfana a quien mis tíos nunca llegaron a bautizar, pero que ella trataba como a verdaderos padrinos. Se dice que sus padres, y algunos de sus vecinos, fueron ajusticiados por un comando de aniquilamiento de Sendero Luminoso en el caserío donde vivían, cerca de Tocache; el comando los había acusado de ser simpatizantes y colaboradores del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru porque tenían propiedades en San José de Cisa, a donde siempre viajaban. Pronto iba a cumplir diecisiete años. Y hacía tres que vino a vivir a Marona, a la casa de mis tíos.
Mi caso era parecido al de Mariana. En realidad, yo sólo era un criado en la casa de quienes llamaba tíos. A causa de la incomprensión, mis padres se habían separado al año de haber nacido yo, por lo que quedé al cuidado de mi madre; pero años después, cuando ella se comprometió con otro hombre, mi vida se convirtió en un infierno con los castigos que el individuo me daba todos los días; mi madre me hizo un favor al regalarme a don Gumersindo Rojas. Desde los siete años fui a vivir con ellos; ahora tenía dieciocho.
Mi tía siempre se había mostrado celosa con Mariana ante los varones que vivíamos en la casa. Así era conmigo y con sus sobrinos Óscar y Santiago. Incluso, en forma disimulada, de mi tío la cuidaba. Pocas veces la dejaba sola mientras uno de nosotros estaba allí. Sólo de sus hijos no desconfiaba, porque los dos que vivían con nosotros eran niños, y los otros estaban casados y tenían sus casas aparte. Por eso, al poco tiempo que llegó, le asignó un cuarto cercano al de ella misma, contiguo al del anciano padre de mi tío.
Pero lo que mi tía nunca imaginó fue que Mariana y yo siempre nos encontrábamos a escondidas en cualquier lugar. Eso tampoco lo imaginaron al principio Santiago ni Óscar, y sólo hacíamos bromas entre nosotros diciendo que el uno o el otro se moría por Mariana, inventando historias de amor.
Una tarde en que estábamos los tres, y era a mí a quien los dos molestaban con sus bromas, les dije que, en verdad, Mariana ya había sido mía, un poco enorgulleciéndome, y les conté todo. Entonces Óscar dijo que él también la había hecho suya en varias ocasiones; lo mismo dio a conocer Santiago.
| Nos sorprendimos. No sabíamos quién había sido el primero. Eso fue motivo para que nuestra amistad se enfriara un poco y ya no nos reuniéramos como antes. Cada cual empezó a andar por su lado.
Diez días más tarde Santiago partió intempestivamente a Lima, según dijo, a seguir sus estudios de arte, luego de permanecer tres meses con nosotros. Dos meses después, desapareció Óscar, quien, siendo sobrino de los dueños de la casa, era a la vez un criado como yo, pero que se iba y volvía cuando se le antojaba; esta vez nos acompañó casi seis meses. A las dos semanas nos enteramos que se había presentado al ejército.
Después de que se fueron mis amigos, o rivales, diría mejor, Mariana y yo seguíamos con nuestros encuentros furtivos. A pesar de que la vigilancia de mi tía era igual que antes, yo me sentía más tranquilo al saber que Mariana era solamente para mí. Tuve un trabajo recargado en las primeras semanas.
Una mañana, mientras desayunábamos, mi tío me propuso dar dos hectáreas de terreno para que hiciera una mejora de cacao. Me explicó que una mejora consiste en hacer una plantación a largo plazo y darle mantenimiento hasta el día en que empiece a producir, mientras tanto el que la realiza puede hacer cultivos transitorios y aprovechar en su propio beneficio. Acepté. Según lo estipulamos, yo comenzaría a rozar dentro de una semana. Ellos me darían la comida.
En la tarde, a mi regreso de la chacra, entré al depósito y allí encontré a Mariana, desgranando maíz. Me senté a su lado y comenzamos a conversar. De rato en rato yo le hacía cosquillas y ponía mi mano sobre su muslo. Y cuando se me ocurrió abrazarla, entró mi tía y nos vio. Como ya otras veces nos había encontrado conversando solos, supongo que en aquel momento empezó a sospechar lo que existía entre nosotros.
A partir de entonces, noté que mi tía fue cambiando y empezó a tratarnos como a novios. A Mariana le enseñó cómo comportarse conmigo y las atenciones que debía darme. Una gran sorpresa experimenté cuando, a los dos días, encontré mi ropa lavada y secándose al sol.
Mi tía, al verme impasible, tal vez creía que yo iba asumiendo con seriedad el compromiso al que ella en silencio me estaba atando. No se imaginaba que, en realidad, sus intenciones no me hacían ninguna gracia.
Así llegó el día en que iba a comenzar el rozo, un lunes. Después del desayuno, cuando salí al patio con mi machete bien afilado y mi gancho de jalar hierba para irme a trabajar, mi tía me dijo que no regresara al mediodía, porque Mariana me llevaría el almuerzo. Me sorprendió el tono de sus palabras, pues no reflejaban desconfianza sino complicidad.
Por mi parte, ya en la chacra, en vez de alegrarme al ver que tenía la oportunidad de pasar más y mejores momentos con Mariana, la trataba con cierto desdén. Sentía mi orgullo herido.
¿Cómo podía pensar en comprometerme seriamente con una mujer a quien mis amigos también habían hecho suya?
Pero, con el paso de los días, me fui acostumbrando a ver llegar a Mariana. Poco a poco cambié mi actitud agria hacia ella y comencé a dirigirle la palabra. Terminamos haciéndonos amigos como antes, a retomar la confianza que nos teníamos, y volvimos al juego que antes ocultábamos de los ojos de mi tía.
Era una calurosa tarde a mediados de junio. Corría una suave brisa. Tendimos un costal sobre las hojas secas, a la sombra de los árboles, y nos echamos… Mucho rato después fuimos a bañarnos en las cristalinas aguas del Tulumayo, contemplando a los boquichicos y a las yulillas que lamían las piedras del fondo. Desde aquella vez, lo hacíamos en cualquier momento que yo le decía. Al principio ella me sonreía y fingía no querer, pero siempre terminaba suspirando en mis brazos.
Como nunca antes, sentí que, en verdad, me estaba enamorando de ella. ¡Se portaba tan cariñosa! No quería regresar pronto a la casa y se quedaba a ayudarme. Yo le decía que no, pero en realidad me gustaba que ella estuviera allí, tenerla cerca. Así, yo hacía el hoyo con la estaca y ella echaba las semillas de maíz.
No podía quejarme de mi suerte; es más, agradecía a la vida que todo fuera así. Tal vez si me casaba con Mariana progresaría más rápido, trabajando juntos. Me inspiraba la historia de mis tíos, quienes contaban que habían surgido de la nada, trabajando solos, aunque con muchos sacrificios.
Alentado por aquel amor que nacía en mí, pensé en proponerle a mi tío que me diera dos hectáreas más de terreno para hacer otra mejora. Aquello nos convendría a los dos. Me sentía optimista. Con el dinero que obtendría de la cosecha de maíz y plátanos, que ya tenía en el cacaotal recién plantado, tendría para comprarme muchas cosas. Y si lo mismo hacía con dos hectáreas más...
Sin vanagloriarme, yo era, y soy todavía, un machetero incansable. Tomo a la mala hierba y a los matorrales por donde tengo que pasar mi machete, como si fueran mis enemigos.
Decidido a llevar adelante mis planes, comencé a imaginarme viviendo con Mariana, primero en una casita simple de palos, con techo de yarina y cerca de mi trabajo; después me veía con una casa grande de cemento, de mi propiedad, y haciendo mis propias plantaciones, ya no como mejorero.
Cada vez que tenía a Mariana desnuda entre mis brazos, sentía crecer aquel amor, como el fuego que se aviva con el viento. Esos momentos me parecían maravillosos, y deseaba que se hicieran interminables. Pero de vez en cuando, el recuerdo de que Santiago y Óscar habían gozado su cuerpo me entristecía. Entonces trataba de consolarme pensando que ya todo eso pertenecía al pasado, que no valía la pena recordarlo; mas no lo podía apartar de mi mente y, orgulloso, la evitaba, desconcertándola.
Un día resolví preguntarle quién de nosotros tres había sido el primero en su vida, y si hubo otro más. Y cuando creía llegado el momento de hacerlo, me contenía un nerviosismo o una sonrisa suya me desarmaba.
Una semana pasé así.
Pero una tarde en que estábamos desnudos en el suelo y la respiración de Mariana se había tornado agitada, decidí no dejarme vencer por mis nervios o su sonrisa. Después de un prolongado beso, le hice la terrible pregunta.
Se sonrojó apartando los ojos de los míos. Al ver que permanecía callada, volví a preguntarle. Entonces suspiró y dijo: "Fue Santiago". Luego de casi un minuto en que estuvimos inmóviles, prosiguió: "Óscar fue segundo".
Aunque noté que quiso decirme algo más, no le di importancia… esas palabras bastaban. Es verdad que me dolió en el alma, pero yo lo había querido.
Aquella tarde, apenas terminó de vestirse, Mariana dijo que deseaba irse porque sentía un fuerte dolor de cabeza. Yo no hice nada por retenerla. La vi marcharse presurosa.
Por la noche volvimos a encontrarnos en la casa, cuando ella servía la cena; pero no hablamos ni nos miramos de frente. Nuestro comportamiento llamó la atención de los presentes; mi tío dijo que Mariana había vuelto asustada de la chacra, y mi tía sonrió diciendo que tal vez se había encontrado con el chullachaqui. Apenas terminé de comer, me retiré a mi cuarto.
Al día siguiente, en el desayuno, la tensión entre Mariana y yo era menor; dos veces se encontraron nuestras miradas, y en ambas ocasiones intentó sonreírme, bajando los ojos al instante. A las doce en punto llegó a la chacra con mi almuerzo, como siempre; me llamó en voz alta, y fue ella quien después inició la conversación. Después de haber pensado toda la noche, decidí no volver a hablar más sobre el asunto. Ella habría caído maravillada por las palabras bonitas de Santiago, a quien siempre habíamos visto Óscar y yo, escribiendo y recitando hermosos poemas. Una vez nos contó que cuando estaba en quinto año de secundaria, dos años atrás, se declaró a su propia profesora de inglés. Era un soñador. Tal vez, como eran sus deseos, cualquier día se iría del Perú a recorrer el mundo, y no volvería más a Tingo María ni a Marona. Nada se enteraría de Mariana ni de mí.
Por otra parte, Óscar estaba en el ejército, y en cualquier momento lo matarían en una emboscada. Tampoco llegaría a saber nada de nosotros. El pasado quedaría sepultado para siempre.
Resolví hablar pronto con mis tíos, diciéndoles que deseaba el consentimiento de ellos para casarme con Mariana. Esa idea me emocionaba y me ponía nervioso a la vez.
Cuando le propuse a mi tío que me diera más terreno para seguir trabajando, se mostró muy alegre y me dijo que rozara la cantidad que quisiera o que podía. Su bigote parecía querer subírsele a la nariz; así era siempre que estaba alegre o enojado. Sus ojos achinados brillaban.
Mi tía, quien estuvo presente en la conversación, sonreía mientras se trenzaba los cabellos; pensaba, sin duda, que yo pronto decidiría casarme con Mariana. Al final me dijo que eso era lo mejor que podía hacer para asegurar mi futuro.
Fueron dos hectáreas más que decidí rozar. Y como antes, Mariana me llevaba el almuerzo y también una botella de refresco; yo por verla sonreír, le decía que primero ella bebiera de la botella para que le dejara la miel de sus labios.
Yo estaba bien acostumbrado a Mariana. Su presencia me daba fuerzas para trabajar y me llenaba de esperanzas. No hacía falta entre nosotros hablar de matrimonio, pues ya éramos como marido y mujer. Pero un día se lo propuse y ella aceptó encantadísima; me dijo, además, que nunca ningún hombre volvería a tocarla, que sería solamente para mí.
Desde entonces, cuando yo iba a la ciudad, compraba mis cosas pensando en el día en que me iría a vivir con Mariana. Todavía no les había dicho nada a mis tíos sobre los planes que tenía con mi prometida, pero supongo que ellos ya se lo imaginaban. Mi tía, al ver las cosas que yo compraba, fingía no darse cuenta, y mi tío sonreía con malicia.
Una mañana, mi primo Luis amaneció un poco mal de salud; tenía fiebre y, de rato en rato, lloraba a gritos llevándose las manos al estómago. Después del mediodía, al notar que la fiebre había subido, mi tía se vio obligada a llevarlo a Tingo María, al médico.
No regresaron aquel día. En suspenso vimos pasar el último carro que volvía de la ciudad. Mi tío dijo que, posiblemente, Lucho seguía enfermo, por lo que mi tía se habría quedado alojada en casa de una prima suya.
La cena fue un poco triste sin la presencia de mi tía y Luis, y apenas concluida, cada cual se retiró a su cuarto. Sólo estábamos en la casa mi tío, su papá, mi primo Alberto, Mariana y yo.
Estuve leyendo hasta muy tarde un libro que dejó Santiago y que me gustaba muchísimo: Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. Releí varias veces ese poema que dice: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche".
No puedo negar que de Santiago aprendí el hábito de la lectura. Él leía casi todas las noches, y siempre hablaba de obras y autores. "Cuando le agarras gusto a la lectura es algo maravilloso", decía. Para animarme a leer me regaló Por quién doblan las campanas y La ciudad y los perros. Dicen que Santiago estudió un año en la universidad; yo, en cambio, sólo terminé la primaria, más me dediqué al trabajo en la chacra.
Después de apagar el mechero, y al no poder conciliar el sueño, porque mi mente clamaba por Mariana, decidí hacerle una visita. Salí sin hacer ruido y fui a pararme a la puerta de su cuarto. Comencé a llamar despacito, con los nudillos. Hacía varias semanas que no entraba ahí, desde que inicié mi trabajo como mejorero; pero quizás porque mi tía estaba ausente, ahora la idea de estar con Mariana me obsesionaba.
Al poco rato, la puerta se abrió y pude distinguir, muy borrosa, la figura de Mariana. En voz baja preguntó quién era. Noté que al reconocerme se puso un poco nerviosa. Sin decirle nada la tomé de la mano y entré; luego la abracé. Y en el momento en que ella estaba cerrando la puerta, le pellizqué uno de sus pechos; intentó zafarse y por suerte se contuvo de dar un portazo.
Tanteando en la oscuridad, fuimos hasta su cama y nos echamos. Ahí había una gran comodidad. No era como estar encima de un costal, en el suelo.
No sé cuantos minutos llevábamos desnudos entre las sábanas, cuando escuché, afuera, el tintineo de llaves. Me incorporé con rapidez, agarré mi ropa y, oyendo el sonido de una llave que entraba en la cerradura de la puerta, sin hacer ruido me metí debajo de la cama.
Me escondí justo a tiempo, porque quien abrió la puerta entró apresurado y, mientras volvía a cerrarla, encendió una linterna. Alumbrando en forma intermitente al suelo, despacio vino hasta la cama de Mariana; se sentó en el borde y apagó la linterna. No me había visto, porque yo estaba pegado a la pared y me protegía la frazada que colgaba un poco del lecho.
Por los cuchicheos que le dirigía a Mariana, reconocí al hombre que acababa de entrar. Escuché cómo se quitaba la ropa y luego cómo se echaba al lado de mi novia; oí también lo que me pareció el roce de su bigote en la sábana. Era mi tío Gumersindo.
Percibí un forcejeo; y después de un momento, a mis oídos comenzaron a llegar sonidos de besos y caricias. Al rato, el catre empezó a moverse provocando leves chirridos. Parecía que en cualquier momento iban a caer sobre mí los cuerpos de Mariana y mi tío.
Yo sentía el frío del piso en mi espalda y no sabía qué hacer ni cuánto tiempo iba a estar así. Mariana había fingido oponer resistencia, y comprendí que aquélla no era la primera vez que mi tío entraba a acostarse con ella. Comencé a imaginar cómo me mirarían sus ojos cuando nos encontráramos a la luz del nuevo día. Recordé entonces que en el bolsillo de mi pantalón tenía una filuda navaja. Y lentamente, mientras la buscaba, el instinto sanguinario despertaba apoderándose de todo mi ser.
Bibblioteca de Narrativa Peruana Contemporánea, Nro. 56, Octubre 2003, 120 Pags. Editorial San Marcos, Lima- Perú.
