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ARTE, FILOSOFÍA Y LITERATURA "COLIBRI"

La poesía vuela en alas del viento

Categoría: ANDRÉ BRETÓN

8 Febrero 2008

ANDRÉ BRETÓN

Foto: André Bretón

“Nosotros reducimos el arte a su más simple expresión, que es el amor”

André Bretón

André Bretón, poeta y crítico francés, fue uno de los jefes del movimiento surrealista. Uno de los guardianes de la religión católica. Poetas, literatos y artistas, los integrantes del grupo surrealista, le llamaron maestro del pensamiento.

Originario de Pinchebray (Orne), André nació en 1896. Dentro de su desarrollo como profesional se desempeñó en la medicina y trabajó en hospitales de la ciudad; fue uno de los pioneros del movimiento psiquiátrico. Desde los 19 años, enfocó sus trabajos de neurocirugía de acuerdo a los postulados teóricos de Sigmund Freud.

En París, incursionó en las artes y la literatura. Infundió sus exigencias a toda una comunidad de poetas y artistas del movimiento surrealista, un partido poético creado con la misma fe que se pone en un partido revolucionario; Bretón, simple animador de vanguardia, fue un tipo de escritor que los intelectuales jóvenes buscan y raramente encuentran: el antipadre. Un maestro, con quien uno se sentía inmunizado para siempre contra toda clase de conformismo

POEMA

EN LA RUTA DE SAN ROMÁN

"La poesía se hace en el lecho como el amor,
sus sábanas deshechas son la aurora de las cosas.
La poesía se hace en los bosques,
tiene todo el espacio que necesita.

No éste sino otro que condicionan
el ojo del Milano,
el rocío sobre la planta cola de caballo.

El recuerdo de una empañada botella de Traminer sobre una bandeja de plata
una alta verga de tumolina sobre la mar
y la ruta de la aventura mental
que sube vertical
y al primer alto se enmaraña.

No se grita por las calles,
es inconveniente dejar la puerta abierta
o llamar testigos.

Los bancos de peces la banda de pájaros.
Los rieles a la entrada de una gran estación.
Los reflejos entre dos orillas.
Los surcos en el pan.
Las burbujas del arroyo.
Los días del calendario.
La hierba de San Juan.

"No voy a intentar una perspectiva crítica. Podría tratar de circunscribir algunas siluetas anecdóticas: Breton jugando pelota paleta en la playa de Ouessant, Breton comentando para nosotros su sueño de la noche nterior, Breton recogiendo ágatas... SÍ, ciertos detalles son reveladores. Reconozco haberme conmovido al observar esas manos de leñador -las suyas- acariciando tan delicadamente una estatuita de la isla de Pascua, pero sin insistir, sin jugar al dilettante, o inclusive abriendo un libro como si cada página fuese una mariposa. ( ... ) Su predilección por la calle, por lo que sucede con la mayor espontaneidad, por lo que no puede ser reducido a los cálculos de los psicólogos, no tiene comparación más que con su desconfianza frente a todo lo que revelase un paroxismo voluntario, incluso "caótico", tanto en el orden afectivo como intelectual. Los "desvaríos del espíritu humano", ciertamente, pero a condición de que éstos condujesen (es una manera de decir) hacia ese precipitado límpido, esa hermosa napa de agua congelada en la montaña, que no hace ostentación de las nieblas mistificadoras". ( GÉRARD LEGRAND ) .

"Cuando se habla de André Breton se evoca sobre todo al fundador del surrealismo, al hombre que infundió sus exigencias a toda una comunidad de poetas y artistas. Por legítimo que sea este juicio, corre el riesgo de inducir a error en cuanto a su persona y su obra; se asimila el surrealismo a una escuela literaria, cuando fue en realidad un partido poético, creado con la misma fe que se pone en un partido revolucionario, y se convierte a Breton en simple animador de vanguardia, cuando fue un tipo de escritor que los intelectuales jóvenes buscan y raramente encuentran: el antipadre.

Se cree generalmente que la relación entre maestro y discípulo supone la dependencia a un padre espiritual. Pero en ciertas personas existe, por el contrario, una necesidad de ir más allá de esa facilidad, y de escoger como guía a un antipadre, decir, el iniciador de una forma de vivir opuesta a la del padre, considerado como símbolo de las sanciones y prohibiciones hechas en nombre del orden establecido.

El padre es el que impone deberes, el antipadre el que reivindica derechos ( ... ) Una cosa es haber encontrado ocasionalmente a Breton, sobre todo en los últimos años de su vida, y otra muy distinta es haberlo tenido como iniciador a los veinte años, como en mi caso, cuando él estaba en plena madurez. En el transcurso de las conversaciones privadas, cuando contaba las ceremonias vudú a las que había asistido, o leía un poema de Hugo o de Nerval para poner en claro algún punto de la poesía romántica, cuando comentaba alguna conferencia de su "hermano enemigo" Georges Bataille, o cuando paseaba uno en su compañía por las orillas del Sena para admirar el "tornasol del sílex", o cuando discutía sobre la preparación de una exposición o de un folleto, uno se sentía embarcado en una perpetua aventura del conocimiento.

Con un maestro semejante, uno se sentía inmunizado para siempre contra toda clase de conformismo. Aquél escritor influyente, que parecía tan olímpico, estaba desprovisto de la menor afectación. No en vano había escrito: «¡Qué suficiencia hay que tener para pensar que uno, en el plano intelectual, ha hecho algo! Los grandes filósofos, los grandes poetas, los grandes revolucionarios, los grandes enamorados: ya lo sé. Pero si uno no está seguro de alcanzar para siempre esta grandeza, ¿qué hacer para ser simplemente "un hombre" ¿Cómo justificar el lugar que uno ocupa ante la comida, el vestido, el sueño?» Ser un hombre, con toda la pureza posible, no ser mecanizado por prejuicios sociales y hábitos profesionales, tal era la suprema exigencia que Breton transmitía a sus amigos" (SARANE ALEXANDRIAN).

"Era bastante tímido un poco altivo pero muy amigable, fraternal incluso, atento. Era inquieto, se sentía y se sabía muy solo. No se hacía ilusiones. pero sabía reír, no sardónicamente como escribió Adrienne Monnier, sino como un niño, irresistiblemente. Tenía también una extremada sensibilidad. Sabiendo que yo me encontraba bastante enfermo, cada vez que nos encontrábamos me daba consejos, me ponía en guardia contra los excesos que hubiera podido cometer y que sin duda cometía. De una modestia que sus actitudes no permitían discernir, él dudaba de sus cualidades. Se entusiasmaba fácilmente, pero también era capaz de criticar con aspereza. Lo que más sorprendía era su extremada cortesía, una amabilidad entonces desapercibida ya que él podía ser en ocasiones muy violento. No se entregaba fácilmente y no hablaba jamás de su infancia, ni de su adolescencia, ni de su familia, ni de su educación, ni de su instrucción. Su escritura tan clara, tan aplicada, me llegó a conmover el día que él me hizo leer sus poemas"'. ( PHILIPPE SOUPAULT ).

"¿Cómo va a perderse el hombre de vista? Cuando nos hablan de su majestad, nos hacen sonreír. Demasiados cagatintas no han sabido más que glosar sobre el pontificado que habría ejercido Breton en el seno del surrealismo. Lo cual no sería irritante más que en la medida de su estupidez. El término de sacerdotal, en su sentido original de referido a lo sagrado, no es el más apropiado, aunque pueda tener alguna parte de verdad. Pero habría que separar la noción de lo sagrado, dentro del orden religioso, donde se diluye, devolviéndolo a la posibilidad que tienen los hombres de poder participar en un universo que los contenga, y que ellos contengan -no en calidad de esclavos ni, en el mejor de los casos, como testigos-. Aparte de su connotación desagradable, la idea de sacerdocio sugiere un no sé qué de extravío ritual, perfectamente extraño a la simplicidad con que Breton se desenvolvía, frente a todo lo que ~en la vida le significaba un compromiso.

Se han sentido escandalizados por todo lo que, de elevado, le aconteció; en efecto, un poco más elevado que aquéllos para quienes las ideas y los actos no son más que la paja de un grano que la jerga confunde con el dinero. Se han lamentado también de que Breton, sin más examen, no se confiase al primero que se le aparecía, o que haya creído poder tomar públicamente sus distancias frente a tal otro que lo había defraudado. Se ha querido ver en esta preocupación de rigor una ambición de tiranía, o por el contrario, se le ha imputado como inconsecuente, de haberse aprovechado de ciertas rupturas. Los más cambiantes, no fueron los menos recelosos a la hora de formular esas quejas, denunciándolo como druida «mistagogo», o «Gran Inquisidor» del dogma asfixiante de la infalibilidad surrealista.

Breton solamente tenía el atrevimiento de tomarse la vida en serio, quiero decir que, para él, la vida y las posibilidades que ella podía ofrecer de más promiso' rias, de acceder a la «verdadera vida», constituían una tentación grave, autorizaban una pretensión exorbitante, que convenía sostener sin demasiados desfallecimientos. Una ambición semejante, supone un Mínimo de dignidad interior y exterior. Para algunos, Breton era culpable de pregonar una cortesía que podía pasar por anticuada; lo que, en un mundo donde la elegancia de las maneras es un medio asegurado para vender su pacotilla, impresionaba como un desafío insoportable. Otros, al menos, no se equivocaron: Luego, ella me retiene todavía algunos instantes para decirme qué es lo que la conmueve en mí. Parece que es la simplicidad que descubre en mi pensamiento, en mi lenguaje y en toda mi manera de ser, y éste es uno de los halagos al que en mi vida he sido más sensible (Nadja).

Ningún deseo de brillar, 0 de deslumbrar. Es cierto que Breton, más allá de sus violencias, de sus «grandes aires», incluso más allá de sus vacilaciones y de un cierto izquierdismo práctico, era la simplicidad misma. Mostraba, frente a los desconocidos, una especie de prudente timidez, que ocultaba, bajo sus rasgos de cortesía, un profundo interés, una esperanza, un tanto ansiosa. ¿Y si se equivocaba? ¿Y sí este joven poeta entusiasta fuera a transformarse en un pequeño monstruo arrivista? Es forzoso reconocer, que muy habitualmente no se equivocaba sobre el carácter de un individuo.

Se lo ha acusado de intolerancia. En efecto, el escepticismo sonriente, el eclecticismo complaciente, no eran su fuerte. Los efectos de la atracción o los de la repulsión eran en él demasiado vivos, tenía en la mira demasiadas cosas para que en todo instante no tomara partido y, públicamente no resolviera. Hay que agregar que su perspectiva era considerable"
(PHILIPPE AUDOIN).

"La poesía de André Breton comienza en el momento en que, por primera vez, se lo escucha hablar a su mujer y su hija de la noche, ambas sentadas a la mesa frente a él, en un hotel cualquiera de Finistére. Pero comienza igualmente en el momento cuando, muy joven, escribe su primera carta a Paul Valéry, en el momento en que firma con Trotsky Por un arte revolucionario independiente, en el momento en que, más tarde, se embarca hacia las Antillas, luego de la prohibición de Fata Morgana y de la Antología del humor negro por la policía de Vichy, en el momento en que toma la palabra en el acto de Mundo Libertario para defender en plena guerra de Argelia a los objetores de conciencia, en el momento, también, cuando nuevamente sentado frente a una mesa, en otro hotel de Finistére, recorta un artículo del Telegrama del Oeste titulado: «Alain es cada día el pequeño pulgarcito del bosque de Huelgoat, para los vecinitos que él conduce a la escuela», que regala a ese amigo al cual acaba de ponerle una dedicatoria en el margen. Breton es continuamente poeta, como el aire es continuamente el aire, incluso si se vuelve lluvia, nieve o neblina". (ALAiN JOUFFROY).

"Tal vez no exista mejor arma contra el último grito» de la «barbarie occidental» (ese «cuchillo sin mango al que le falta la hoja»), y la dimisión que instituye, que el pensamiento de André Breton, más que nunca «al alcance de todos los inconscientes»... Ciertamente, cada uno es libre de preferir los frutos secos de VH 101, y no los artistas que elogia El surrealismo y la pintura, o la anemia grasosa de Tel Quel en lugar de Los vasos comunicantes. Pero, ¿qué programa en la actualidad podría compararse con aquél que indica esta frase de André Breton: «Nosotros reducimos el arte a su más simple expresión, que es el amor (JOSÉ PIERRE).


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